Una entrada sobre los maestros

A lo largo de mi vida académica, en la que incluyo mis tiernos años de infancia, he tenido tremendos y geniales profesores que me han permitido entender el mundo. Toda esta vida académica corresponde a casi 21 años de mis cortos 26 años. Las enseñanzas de estos tremendos profesores —de entrada distingo esta población de los malos, de los que no hablaré aquí— varían en diferentes ámbitos, ya por lo que decían, ya por lo que inculcaron en mí. Lo cierto es que yo no sería quien soy ahora sin estos.

Recuerdo mucho a Eugenia, mi profesora de español del colegio, la primera que me obligó a leer. El primer libro «serio» que leí en mi vida lo hice gracias a esa señora, una mujer de pelo corto, de estatura baja, de ojos vivos y centelleantes que inspiraban miedo, al menos eso sentía cuando la veía fijamente. Se trató de Un mundo feliz, lo leí en primero de bachillerato, capítulo tras capítulo rodeado de la desidia de mis compañeros. No crean, yo era un vago, pero cumplía no sin dificultad. Al siguiente año, en segundo, leí el libro que me cambió la vida… una estupidez si se lo ve con la perspectiva de alguien que se inicia en la lectura mucho más joven y con otra clase libros, sí, una tontada si quien lo juzga creció en un entorno cuyo nicho cultural supera con creces al de un muchacho que estudiaba en un colegio del distrito del sur de Bogotá. Como sea, este libro fue Satanás, lo leí en el 2007. Gracias a Mendoza, por motivación de Eugenia, me inicié en la literatura que nunca pienso abandonar.

¡Uf! ¡qué libro! Recuerdo tanto que me metí en la lectura que cuando llegué a la escena (y la recuerdo trece años después sin haberlo leído de nuevo) en la que la niña poseída le coge la entrepierna al padre de la iglesia y siente cómo se le pone dura la verga. A mí se me paró entonces. Recuerdo la violación de una de las protagonistas en el asiento trasero de un taxi. Lo recuerdo todo. El asesinato que perpetra Campo Elías en Pozzeto. Me interesé por su vida y empecé a indagar sobre si lo que decía ese libro era verdad y me sorprendió mucho el haberme enterado que ese hombre había existido de verdad… y que fue conocido de Mario Mendoza.

Un año después compré otro libro de Mendoza, —de quien yo decía que era mi autor favorito…¡Desde luego! no había leído muchos—, Apocalipsis, se lo hice firmar «Julián Rangel —entonces me presentaba así—. Con afecto, del autor. Mario Mendoza», dice la dedicatoria. El libro que acabé en una noche, pero que no me gustó tanto como Satanás. Como sea, de Eugenia aprendí lo más valioso que tengo en mi vida: la pasión por los libros. Yo quería parecerme a esos que admiraba, quería escribir cosas con la misma garra y maestría.

Después de Eugenia tuve muchos otros profesores interesados en la que siempre ha sido mi pasión, uno de ellos fue María Teresa, quien ya en el 2011 me inculcó una perspectiva distinta hacia los libros.  Fue ella la que me motivó a suscribirme a la Biblioteca Luis Ángel Arango. Leí libros grandiosos que tuve la oportunidad de conversar con ella. Aunque yo todavía era muy joven y entendía muy poco de las cosas que leía, lo hacía como debe hacerse en la niñez y juventud: como un juego, sin mayor compromiso que el divertimento. Como dato curioso de María Teresa, fue por ella que decidí estudiar Lingüística, carrera de la que me gradué hace ya algún tiempo. Curioso… Lingüística.

Con los años empecé a ver en los libros otras cosas. Ahora quería encontrarme en estos. Quería encontrar un reflejo de mi vida, quería encontrar respuestas a mi existencia, a mis cuestionamientos simples de la vida, pero esto empezó a ser así porque comprendí que aquellos que escribían lo hacían a su manera. Comprendí que los buenos escritores no tienen mayor pretensión que hablar de su experimento de vida, de las cosas que han descubierto desde ellos, porque saben que no son muy distintos a los que los rodean: abandonados, perdidos, rotos, alegres…humanos. Estos pensamientos vinieron mucho después, pero no hubiera podido haber llegado a estos de no ser por los mejores maestros que pude haber tenido: los clásicos.

Como sea, hay mucha literatura en el mundo y los primeros años me enseñaron que un buen lector debe saber identificar cuándo son solo palabras, cuando son solo letras para llenar páginas o para tener dinero. De no haber sido por mi primeros profesores, Eugenia, María Teresa y otros tantos, yo no habría llegado a esto.

Pero basta de vanidades, es hora de acabar con las trivialidades. Durante años me he engañado mintiéndome a mí mismo. El proceso ha sido largo y doloroso, pero finalmente puedo decir que me amo porque he entendido que no estoy solo en todo esto. Y como en mis tiernos años en los que leía ingenuamente, todavía quiero imitar a mis maestros, parecerme a ellos y poder, siquiera, escribir con la misma pasión.

He querido escribir este corto texto para los pocos que todavía me leen con el único propósito de decirles que los mejores maestros están por ahí, algunos ya muertos. Pero para encontrarlos, basta con ser uno mismo… supongo que no a todos los afectan las mismas cosas.

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