Las frases de Piolín tienen razón

stay positive

Hoy en día este espacio me resulta triste y vergonzosamente ajeno en comparación a mis aspiraciones primarias para escribir -y más, para escribir aquí-. Inevitablemente, la existencia de este blog ha sido un elemento transversal en mi vida, y su existencia la recojo ahora con desagrado y hastío porque ha representado más mal que bien para conmigo misma y para con las personas de mi alrededor. Sin embargo, huir sólo es otra manera de reprimir, y me gustaría darle un buen despido a este espacio junto con los pensamientos que alguna vez lo configuraron a través del próximo “ensayo”.

Para nadie es una sorpresa que los tiempos de cuarentena traen consigo reflexiones que nunca hubiesen podido surgir de no ser por la obligación de permanecer en nuestros hogares dadas nuestras actuales circunstancias. La pausa en nuestros rígidos horarios nos conduce casi que inevitablemente a repensar nuestros hábitos y la manera en la que navegamos nuestra cotidianidad. Pero este es sólo el primer paso para adentrarnos en el insondable universo que cada uno de nosotros configura producto de una crianza, un espacio, y una personalidad que no escogemos. Es natural e inevitable que reproduzcamos todo aquello a lo que estamos acostumbrados precisamente porque es lo que configura nuestros universos y los enriquece con símbolos, ideas, sonidos y matices propios y significativos tanto colectiva como íntimamente. Probablemente todo aquel cuya directriz en la vida sea la carga de una misma tradición se vea enfrentado a pensamientos, decisiones y espacios con un sentido único y rico en sus propios marcos. Pero creo que todo aquel que al respirar y detener el flujo de sus pensamientos y del sentido con el que vienen cargados, se le amplía casi que por necesidad la mirada y se descubre en su propia soledad como portador de un sinfín de agregados en los que quizá deje de reconocerse a medida que el tiempo y los sucesos le amplíen los horizontes. El pasado y nuestra historia se convierten en una carga a la que nos vemos obligados a llevar en nuestra espalda eternamente -y digo eterno, porque no conocemos otro tiempo que no sea el nuestro; lo que nos antecede y el tiempo futuro es mera cuestión de inferencia-. Y es entonces que la realidad se descubre inabarcable, inagotable, inconcebible, y nosotros mismos pequeños apuntando con la mirada al infinito. Ya superados por todo lo que nos rodea podemos abarcar el universo en ligeras sospechas. Y es así que una sutileza invisible para la mirada ordinaria se cubre de palabra y la integramos llena de valor a nuestros mundos. El universo y nosotros mismos nos descubrimos en la regularidad de una flor, en un beso, un abrazo, un suspiro, un llanto, en los ojos de un perrito, y básicamente en todo aquello que palpite en sincronía con nosotros; el mundo es medio para intuirnos y reconocernos incompletos pero a la vez partícipes de un mismo y único cauce junto con su inevitable devenir.

Sin embargo, los instantes de comunión son pocos y su valor reside en la fugacidad y lo inesperado del encuentro. Hasta entonces construimos inevitable e involuntariamente nuestros propios universos y creemos en la verdad de sus ideas así la verdad no exista porque la vida misma y los conceptos con los que pretendemos capturarla nos sobrepasan. Todo este colectivo de ideas son los que matizan la mirada ordinaria que nos brinda un suelo para transitar en el camino de la vida, pues desgraciada o afortunadamente nos vemos obligados a mantenerla -la mirada- la mayor parte del tiempo para convivir en la cotidianidad. Es así que nuestras creencias se convierten en un acto de fe. Pero una vez abstraídos de todo marco ideológico y latiendo al ritmo de lo primitivo y pulsional reconocemos que, como bien dijo Pessoa, “no hay más metafísica en el mundo sino chocolates / mira que las religiones todas no enseñan más que la confitería”. El problema de Pessoa es que tenía una desdicha que se encargó de exponer en los guiños de sus alteridades: la de no poder comer chocolates con la confianza de una muchacha ingenua.

Pienso que hay dos extremos igual de peligrosos en estos descubrimientos de la soledad. El primero es una arrogancia que la filosofía y el arte comparten: ambos construyen con los eslabones propios a su disciplina edificios discursivos y simbólicos cada vez más altosy delgados tratando de llegar a un cielo para tocar las nubes de la idealidad y la utopía. La ambición es tan arrogante y desesperada que no se dan cuenta que entre más alto el edificio más profundo el abismo que los separa de la tierra. El tiempo ya es un eje suficientemente mordaz a la hora de ampliar las fronteras entre dos corazones, y el artista y el filósofo se encargan de envecejer precozmente al pretender encontrar una regla, un método o una imagen en la cual proyectarse y saberse a sí mismos. Hay una búsqueda desesperada del instante y luego una pérdida del instante; deambular espectador y meditabundo en el aparente encuentro en todos los otros seres menos en sí mismos. (¿será que fue esta la razón por la que la divinidad decretó la detención en la construcción de la torre de Babel a partir de la discriminación en lenguas?)

Y es así que aparece el otro extremo de este movimiento que es el nihilismo Pessoano, es decir, al desencuentro como rector de la vida. Tanto Pessoa como nosotros nos construímos en torno a una ficción, así la ficción misma sea la del sinsentido. Somos nuestro relato, y nuestro relato nuestra creación. Mi pálpito se inclina a considerar que una construcción simbolica en torno a un continuo divagar en el sinsentido tiene el rostro del ego y la arrogancia. Si podemos escoger nuestra máscara, ¿para qué hacerla girar en función de la pérdida?

Con esto no pretendo deslegitimar al artista. Pero me pregunto en donde se encuentra el valor de su obra. ¿Es acaso un valor cultural, intrínseco a la sociedad y sus pasos? Ficción intelectual; plaga institucionalizada de juicios de valor. El valor del arte reside en ser un medio para el reconocimiento y el recobro de la esperanza. Como bien intuye el que sabe escuchar al silencio, el mundo es abismalmente inabarcable y despojado de cualquier valor salvo el que nuestros ojos dictaminen. El resto son agregados ya institucionalizados. El arte es testimonio de vida, y para todos aquellos que no pudieron escapar del escudriño de la mente y su único desfogue fue la producción artística les debemos una reverencia en honor a un dolor que fue quizás inevitable. Nosotros en cambio tenemos la oportunidad de no discriminar en tantas palabras, ni juicios, ni ideas, y encaminarnos a construir nuestros universos del tamaño de nuestros corazones y del de nuestros más allegados.  ¿Nos reconocemos en el arte? Sí. ¿Nos sabemos parte de la historia con las voces de los miles del pasado? También. Pero, ¿para qué queremos que la voz del dolor sea la más fuerte, sino es para levantarnos y seguir caminando?

Me agradan los budistas porque ellos comprendieron que es parte de nuestra naturaleza como humanidad el hacer una continua y siempre inacabada migración de significados en diversos objetos, entendiendo que el tiempo, rector de nuestras vidas, viene siempre en el presente cargado de brotes con fecha de caducidad en el pasado y el olvido. Debemos acoger aquellos brotes como simple alimento, es decir, como combustible para seguir adelante. Combustible espiritual. El misterio de la vida es el tiempo, pues el combustible se agota y debemos siempre prepararnos para buscar más.

El tono de todo lo último que está escrito en este blog se encamina a escudriñar en el dolor como si fuese la fuente inagotable de la vida. Antes creía que era valiosa la confesión pero por el hecho de ser confesionante, por ser catártica, no por convertirse en un motor para vivir. De hecho, -como ya mencioné- hoy en día me parece inmaduro, falto de conciencia y cargado de soberbia arrogancia pretender definirse exclusivamente en función de las llagas que tenemos dentro. Este masoquismo sólo logrará que el irónico camino hacia ninguna parte sea más desagradable y torpe de lo que nos pudimos haber ahorrado.

Yo quiero que la voz que grite sea la de la rebelión, la rebeldía, la libertad y el amor. Quiero creer en el chocolate y comerlo con júblio, que como bien dicen mis versos favoritos de toda mi vida:

“Hay que dormir con los ojos abiertos, hay que soñar con las manos,
soñemos sueños activos de río buscando su cauce, sueños de sol soñando sus mundos,
hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros,
cantar hasta que el sueño engendre y brote del costado del dormido la espiga roja de la resurrección,
el agua de la mujer, el manantial para beber y mirarse y reconocerse y recobrarse,
el manantial para saberse hombre, el agua que habla a solas en la noche y nos llama con nuestro nombre,
el manantial de las palabras para decir yo, tú, él, nosotros, bajo el gran árbol viviente estatua de la lluvia,
para decir los pronombres hermosos y reconocernos y ser fieles a nuestros nombres
hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba,
más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las aguas del bautismo,
echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar de nuevo lo que fue separado,
vida y muerte no son mundos contrarios, somos un solo tallo con dos flores gemelas,
hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y también hacia afuera,
descifrar el tatuaje de la noche y mirar cara a cara al mediodía y arrancarle su máscara,
bañarse en luz solar y comer los frutos nocturnos, deletrear la escritura del astro y la del río,
recordar lo que dicen la sangre y la marea, la tierra y el cuerpo, volver al punto de partida,
ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, al cruce de caminos, adonde empiezan los caminos,
porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de follaje canta el agua
y el alba está cargada de frutos, el día y la noche reconciliados fluyen como un río manso,
el día y la noche se acarician largamente como un hombre y una mujer enamorados,
como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las estaciones y los hombres,
hacia allá, al centro vivo del origen, más allá de fin y comienzo.”

So, stay positive.

2 comentarios sobre “Las frases de Piolín tienen razón

  1. “Somos un solo tallo con dos flores gemelas”.Tus textos nos harán falta, mucha falta. Con mi soberbia lastimera y la tristeza de Julián, este blog se convertirá en un relato de agravios tediosísimo. Siempre hace falta un poco de luz.

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