Esbozos para un estoicismo renovado

Si la humanidad fuera una persona ¿Qué pensamientos tendría al enterarse de que su muerte es inminente? ¿recordará, acaso, el nacimiento de las grandes mentes, de Platón, Heráclito, Aristóteles, o Parménides? ¿o quizás recordará los momentos en los que más sufrió, en los que la vida se le escapaba de sus manos y la misma le golpeaba con el azar inninteligible de su destino? ¿Y si esta persona, ante su muerte inminente, asume una postura estoica?

Mucho se dice, en el habla normal y cotidiana, que uno debería asumir ciertas situaciones difíciles con estoicismo. Pero, ¿esos que lo dicen, entenderán qué significa tener una postura estoica frente a la vida o frente a la muerte? Inicialmente dicen que es un «saber comportarse». Se los concedo. Sin embargo, el estoicismo como postura filosófica es una postura de la vida de cómo moverse en la existencia, en el estar ahí. En general, se dice que es una postura que desprovee de todo valor a las cosas de la existencia, como un «¿meh, y esto qué? No es nada»; pero, me pregunto cómo podemos entender esto hoy.

Desde luego el pasado nos habla y lo hace particularmente desde nuestro horizonte. Veamos un poco qué es lo que dice.

La muerte y la vida son la misma cosa, son las caras de una misma moneda, la muerte sólo puede pensarse en virtud de que estamos vivos. En la muerte hay ausencia, hay silencio, hay vacío, en la muerte no está la vida; en la vida hay presencia y ausencia, hay ruido y silencio, hay cosas y a veces nada. En la vida no podemos pensar ni sobre la vida ni sobre la muerte; en cambio, solo mientras estamos vivos podemos pensar en todo lo que quisiéramos.

Estar vivos es lo único que nos pertenece de verdad: abrir los ojos después de un sueño largo, sentir pasar el viento de una ventisca húmeda por nuestro rostro, escuchar las olas estrellarse contra la playa, escuchar el canto de un ruiseñor, o conmoverse con el sufrimiento de Raskólnikov. Sólo cuando se está vivo, se puede llorar o reir, se puede pensar o leer. Estar vivos es nuestro bien más preciado, y aun así, este no vale nada: no podemos adquirir nada con él, este tiene un valor intrínseco. Esto es que su valor reside en ella misma, en lo que nosotros como vivos le asignamos. Así, en este orden de ideas, hacemos uso de la vida como mejor se puede, particularmente desde cada existencia.

Todas esas vidas relativas, todas esas vidas tan únicas en su constitución y tan especiales es lo único que nos pertenece. Esto que no podemos más que definir en oposición a la muerte es lo que más es nuestro. ¿Abrazarla o detestarla? ¿Cuál posición prefieren las vidas en su particularidad? ¿Rechazar este azar violento y obsceno? ¿O acogerlo en nuestros brazos y cuidarlo como el bien más preciado?

Asumir una posición estoica frente a la vida radica en plantearse esas dos últimas preguntas y no elegir ninguna. Marco Aurelio decía que lo único que nos pertenece es el presente, que ni el pasado ni el futuro son cosa nuestra. Pero asumir que lo único que nos pertenece es el pasado es ignorar que detrás de nosotros hay una historia que nos define en la particularidad: esos recuerdos de la infancia y las cosas que pensábamos tienen una señal en el presente (que somos nosotros ahora. El yo del ahora no podría ser sin todo aquello que lo constituye), y en esa medida también nos pertenece. En otro sentido, también rechazó la idea de que el futuro no nos pertenece. Opino que sí nos pertenece en tanto que las acciones que hacemos ahora inevitablemente marcan un camino insospechado e imperceptible en el mañana, los caminos del futuro no se presentan por un acto de la providencia: nosotros los vamos fabricando. De modo que, pensar en el mañana también es esencial para vivir el presente.

Aquí no intento un rechazo de Marco Aurelio —a quien podría tratar del más estoico de los estoicos, a pesar de haber nacido uno cuantos cientos de años después de los verdaderos estoicos—, mi intención, más bien, es afirmar que lo único que nos pertenece no es el presente, sino la vida. Esta es lo único que tenemos. Encuentro un fatalismo tan crudo y una suerte de predisposición y predestinación absurda en que la única finalidad biológica de nacer sea morir; no obstante, es una condición sin la cual no habría vida, es inevitable. El estoico tendría una posición también frente a este panorama desolador.

En otro sentido, Marco Aurelio decía todo esto del presente, del pasado y el futuro para afirmar que en ese orden de ideas daba igual morir viejo o joven, pues lo único que perdían tanto el joven como el viejo era lo mismo, luego el valor de la muerte es el mismo para todos. Uno podría identificar en esto un importaculismo, pero este estoicismo no se trata de un rechazo por la vida o de un desprecio por las situaciones crudas que implican el existir.

El estoicismo es una postura frente a la vida al saber que se es finito, frágil y débil en la inmensidad de la naturaleza humana. Sepamos que somos seres finitos, que moriremos ahora o mañana y que da igual cuando suceda. Está bien que seamos todos y cada uno de nosotros seres especiales, con su potencialidad a la espera de ser descubierta como si esta permaneciera agazapada en el desconocimiento de sí mismo. Pero esta especialidad no debe sobreponerse a las otras, las demás existencias son igual de importantes a la nuestra. Así, el asunto empieza a radicar en que todos vamos a morir.

En este sentido, el estoicismo renovado que aquí esbozo ya no apunta exclusivamente hacia una postura frente a la propia disposición al saberse finito. O tal vez sigue siendo eso, pero insisto en que debemos reconocer que estamos atravesados no sólo por la historia de la humanidad y por todos los pensamientos y emociones ya pensados y sentidos, porque, como dice Goethe: no hay pensamiento que no haya sido pensado ya. Estamos atravesados por todos los otros iguales a nosotros en virtud de su finitud y su fragilidad. No creo que esta fragilidad se trate de fortaleza física, se trata de que el ser humano está expuesto al horror y al sufrimiento, que este los experimenta con toda su inconmensurabilidad. Esta postura radica en no saberse solo, en aceptar que los demás sufren como uno.

«Agh, qué mierda. ¿Por qué sólo hasta ahora entiendo esto?»

Whitman pensaba que al final de todo camino las cosas remitían a sí mismo, decía que dentro de cada uno de nosotros se manifestaba el cosmos y todos los tiempos y las grandezas del ser humano. Él creía que en cada uno había una fuerza única que hacía eco de la humanidad y de todo lo genial que ella puede ser, que en cada ser estaba todo el poder para crear y para hacer. En uno mismo se encuentra la humanidad entera. ¿Por qué despreciarla? No habría sentido en despreciar lo único que somos. Pero tampoco hay razón para apegarse demasiado a la vida, el miedo por la muerte es un sentimiento infundado; esto lo tenía claro Marco Aurelio, quien además decía que un hombre debe identificar el momento adecuado para abandonar la vida.

El estoicismo renovado es saberse finito en virtud de que los demás también son finitos, y que su constitución, sus emociones y pensamientos son tan míos como de ellos. Lo veo como una lógica del cuidado, como una en la que a diario reconocemos nuestra naturaleza en la naturaleza de los otros.

 

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