Comentario de Blanco nocturno de Ricardo Piglia

Una parte que encuentro fundamental en el libro es el título. Este puede actuar como la pieza restante de un rompecabezas, o como la pista inicial para seguir una serie de hechos que terminan en una conclusión inevitable, como si esta estuviera premeditada ya por una divinidad. Los nombres pueden no decir nada respecto a su portador: Jairo, Dafna, o Joseph, por ejemplo, no dicen nada sobre sus portadores; no así con los nombres de los libros: estos han sido meditados a lo largo del texto, se construyen con él y, como uno bueno, este debe decir algo sobre su portador. En las relaciones saludables entre el título y su contenido me atrevo a defender la posible presencia de un genio socarrón —uno que ría en la intimidad—, pero genio al fin y al cabo.

El título puede aclarar, como puede oscurecer, también puede darse el lujo de jugar con la ambigüedad. Así mismo este puede ocultarse, hacerse ajeno, extraño a medida que la obra se desenvuelve, hasta que escenas aisladas lo empiezan a iluminar —como en la imagen que se ofrecen en el epígrafe que abre el libro «la experiencia es una lámpara tenua que sólo ilumina a quien la sostiene», de Louis-Ferdinan Céline—: sus formas adquieren profundidad y su volumen se hace evidente. Este es el caso de Blanco nocturno de Piglia, del cual quisiera mencionar algunas generalidades surgidas de la reflexión sobre el significado de su título.

 

Piglia tal vez fue condescendiente con el lector cuando escribió esta obra. Me arriesgo a afirmarlo, pero me escudo en la idea de que, por ejemplo, en Respiración artificial se presenta un reto mucho mayor frente al lector, el propósito allí, en mi lectura ingenua, parece ser convencer al lector de que para entender el libro se debe recuperar manualmente una serie de fichas aisladas que constituyen un todo.  Esto no sucede en Blanco nocturno, donde Piglia ya no tiene la intención de deslumbrar sino de retratar el paisaje gaucho y a la personalidad común de su habitante. De modo que, la intención de Piglia se desvía hacia la construcción de una pieza contenida en sí misma, una en la que asoma las pistas necesarias para llegar a la construcción de esta.

Cuando empecé a leerlo, creí que blanco refería al color. Qué equivocado estaba cuando a mi camino empezaron a salir escenas en las que se leía entre líneas la idea de una penumbra en la que se oculta la verdad, la cual para encontrarse solo hace falta iluminarla.

En este punto es imperioso anotar que esta es una novela policial, en la que primero el inspector Croce y luego el periodista Emilio Renzi investigan sobre la muerte de Tony Durán, al que aparentemente le han robado un dinero que trajo de Estados Unidos. La novela está ambientada en el campo argentino, allá donde, dice Piglia, son más importantes los caballos, las carreras de caballos, el letargo general, las formas de lidiar con la existencia ante el aburrimiento y las mujeres. Ese campo argentino no está muy lejos del colombiano. ¿Será apresurada esta afirmación?

Borges, encarnado en Jorge Otálora, en su Ulrica, responde ante la pregunta de Ulrica que qué era ser colombiano «No sé. Es un acto de fé». No creo que el argentino piense lo mismo de sí; yo sí creo que ser colombiano es un acto de fe, pero de los argentinos difícilmente lo diría. Así, pues, puede que sí tengamos profundas y radicales diferencias con los gauchos. Sea como sea, Piglia encuadró el asesinato de un gringo en un pueblo de la provincia argentina con maestría, con el pulso que solo un artista puede darle a su obra, de modo que las discusiones sobre su pertinencia se funden con hogueras mucho más grandes como las del mero celo estético. Para anudar más a mi punto, quiero anotar las libertades que Piglia se permite. Este habla de lo que quiere, expone lo que quiere, y lo arma a su manera: cuida de cada detalle. Es tal el lujo que muestra aquí que, aún el perro chueco del pueblo que baja y suba una y otra vez, chuecamente, está presente.

Así, pues, retomo mi punto. Encontré que blanco en realidad refería, más bien, a un objetivo. Sin embargo, valía la pena preguntarme sobre si los blancos nocturnos son fáciles de apuntar. La respuesta aunque obvia, orientó de alguna manera mis esfuerzos para terminar de entenderlo. Ya que el libro no se preocupaba por describir quién era Durán, el blanco no podía ser este último. Se trataba ahora del asesino: un ser escurridizo que se camufla en la oscuridad de la noche, es un conejo, es una rata que se desliza por los andenes. Se le escucha, y solo se le puede atrapar ante la evidencia de la luz: rodeado por el halo cegador de un reflector. De eso va Blanco nocturno, un libro de lectura fácil y que genera asombro.

 

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