[R] ‘The Nightingale’ de Coleridge (o sobre que deberíamos preocuparnos menos)

Según Heráclito, la naturaleza suele ocultarse
(Fragmento 123 de Heráclito, según Diels-Kranz y Walser)

 

Lamento que mi primera reseña, si es que a esto se le puede llamar una reseña, sea sobre este poema que yo deliberadamente decidí cambiar. Lo cambié de Carta al padre de Kafka a este que presento hoy: El ruiseñor. Me topé con este bello poema de Coleridge, The Nightingale en su original, en una linda edición de Cátedra que compré en la Lerner, hago referencia a las Baladas líricas de él y Wordsworth.
Esta compilación de varios de sus poemas y canciones entonan un himno común: el romanticismo. Yo sabía muy poco sobre este, y la poca idea que tenía la había adquirido de El Fausto de Goethe. Tenía ciertas reflexiones inconclusas sobre lo que significaba el romanticismo al considerarlo en su generalidad. El Fausto, que por cierto hace parte del romanticismo alemán, me da una pista valiosa sobre lo que creo que es el Romanticismo: el cuidado de la relación directa entre la forma y su contenido; allí se intenta vigilar una sin descuidar la otra, sin embargo, siento —con temor a estar equivocado— que dentro del romanticismo hay una supremacía en la preocupación de la forma.
Coleridge alcanza esto con maestría en La rima del anciano marinero, y con qué maestría. Allá, deja entrever la delicadeza de sus versos junto con la trama elaborada de la vida del viejo marinero. Esta recoge no sólo la descripción de los paisajes y el entorno circundante, sino también lo importante: el sufrimiento humano. Pienso que, después de todo, La rima del anciano marinero es un guiño a la naturaleza del hombre. De esto se trata el romanticismo inglés, al menos encarnado en las manos de Coleridge.

Para esta ocasión, Coleridge se inspira en el canto del ruiseñor y en la naturaleza en la que lo contempla para alabar el vínculo que puede tener un hombre con esta. La idea final radica en que uno debería ser capaz de fundirse junto con la eternidad de la naturaleza. Aunque yo no estoy muy seguro, debo admitir, de que aquella sea la intención del Coleridge. De algo en lo que sí estoy seguro está en lo que me generó, su rima me inspiró a seguir viviendo, a reconsiderar mi propia vida para volverme hacia lo evidente, hacia lo que es realmente eterno, hacia la naturaleza. Pero, por ahora, su poema solo llega hasta el chispazo, pues no logra hacerme flotar, sigo hundido. Aunque vale mencionar que esto último no es culpa de Coleridge, soy yo el que persiste en ser una roca en el fondo del mar.
No en vano decía Wilde que el verdadero misterio de la naturaleza radica en lo visible, y no en lo invisible.
Así, pues, a pesar de mi estado, quiero comentar el origen de la chispa, pues la última vez en la que también estuve sumido en un estado depresivo semejante, lo que me rescató fue Whitman con Hojas de hierba. Allí estaba el poema acaso mejor hecho en la historia de la humanidad: Canción para mí mismo. Sin embargo, esta reseña, para mi paz espiritual, retrata mi estado actual. Es un encuentro entre lo diáfano de Coleridge, y esta densa oscuridad en la que me siento sumido.

Quiero tratar dos temas que me atrajeron poderosamente la atención y que son dignos de mención y reflexión. El primero de ellos es la opinión que usa Coleridge para falsear posteriormente, hablo de esa según la cual el canto del ruiseñor es uno melancólico. De esos fragmentos quisiera comentar la naturaleza del hombre que Coleridge describe sobre aquel que juzga como tal el canto del ruiseñor. Lo segundo es resaltar un fragmento que encontré bellísimo, será una mera razón estética.

¿Usted qué cree, que los ruiseñores tienen un canto melancólico?

Yo a veces estoy inclinado a pensar que el canto del ruiseñor es melancólico. Hay momentos en los que me siento inclinado a considerar que las cosas en la naturaleza sí pueden ser melancólicas; esta posición es bien distinta a lo que Coleridge piensa.

And hark! the Nightingale begins its song,
‘Most musical, most melancholy’ bird! (hay una nota digna de mencionar: este verso es de Milton)
A melancholy bird? Oh! idle thought!
In nature there is nothing melancholy.

Dice que “¡oh, qué idea más ociosa!” aquella de que las cosas sean melancólicas. Pero aquí no puedo condenar a Coleridge por estos pensamientos tan ingenuos, pues como buen romanticista, este parecía creer demasiado en la cosas y la naturaleza. ¿Habrá sido la ocasión de que haya leído a Leibniz? Porque, me atrevo a confesar, descubro una candidez digna de un letrado cortesano. Descubro, acaso, al ingenuo de Voltaire que creía que este mundo en el que vivimos era el mejor de todos los mundos posibles y que todas las cosas que ocurren son las mejores posibles. A pesar de que su esperanza no me llega, puedo decir al menos que sus versos son lindos y me hacen considerar a la naturaleza de nuevo, me hacen tratar de encontrar un vínculo en mi vida con aquella.
Dudo de que pueda lograrlo: no estoy muy dispuesto a creer mucho en las cosas.
Pero basta de divagaciones, veamos qué dice Coleridge sobre aquél hombre capaz de categorizar a las cosas y aún más, el canto de un ave tan inocente y viva. Tan despojada de la razón y de los monstruos que esta provoca. Así, pues, expresa:

But some night-wandering man, whose heart was pierced
With the remembrance of a grievous wrong,
Or slow distemper, or neglected love,
(And so, poor wretch! filled all things with himself,
And made all gentle sounds tell back the tale
Of his own sorrow) he, and such as he,
First named these notes a melancholy strain.

Ahí está, afirma que sólo la gente de esa naturaleza podría nombrar esas notas como unas melancólicas. Esa gente amargada y sumida en la remembranza constante del pasado, a esos a los que mirar atrás les produce dolor y arrepentimiento. Me pregunto, ¿acaso uno no puede mirar hacia atrás con alegría? Yo pienso que la melancolía no siempre resulta dolorosa, también a veces sabe dulce o huele bien. Me atrevo a decir que tiene un gran espectro y que no solo el hombre que se atreve a mirar atrás es aquél que está destruido.
¿Será herencia de nuestro siglo? ¿Podremos entender completamente la vida de los autores de otro siglo? hablo de ver sus paisajes y sentir sus profundas emociones. ¿Será corrector pensar que la labor del poeta es, simplemente, reproducir a la naturaleza? El que piensa esto está convencido en considerar que la belleza más alta es la de la naturaleza, y sí,… yo estoy inclinado a pensar que la belleza tiene su principio y su fin en la naturaleza: nada la excede, está contenida en ella misma. Basta recordar que el hombre también pertenece a la naturaleza, y que todos sus actos despiadados y malvados podrían camuflarse con el velo aquella naturaleza. Así mismo, sin el hombre, sin su razón y sus ojos, y su pasión y su existencia, no habría belleza.
Harto artificio inútil es la belleza entre los que carecen de razón.

Lo segundo que quiero revisar son los siguientes versos, que pondré en toda su extensión a continuación.

My Friend, and my Friend’s Sister! we have learnt
A different lore: we may not thus profane
Nature’s sweet voices, always full of love
And joyance! ‘Tis the merry Nightingale
That crowds, and hurries, and precipitates
With fast thick warble his delicious notes,
As he were fearful that an April night
Would be too short for him to utter forth
His love-chant, and disburthen his full soul
Of all its music!

Los últimos cuatro versos fueron especiales, fueron los que produjeron la chispa de encanto una vez más. Y aunque no son versos en los que se ensalce la naturaleza como en otros lados de su trabajo, son unos versos que me hablan, me sirven: son para mí. El ruiseñor, comparándome como si fuera aquel jesús que hablaba por parábolas, no sabe si mañana saldrá de nuevo el sol y podrá cantar. Él sólo quiere cantar, él sólo quiere sacar afuera su canto de amor y descansar de todo lo que tiene adentro. Eso hacen los poetas como Coleridge, sacar de su alma toda su canción de vida, como si en cada poema depositaran su vida entera.
Pensar en esto me remite constantemente a la bella imagen de fundirme con la naturaleza. Cuando lo hice, cuando empecé a contemplar la simpleza y lo evidente, sus versos ya no me eran tan ajenos y encontré cierto placer desmedido en el resto de su canto. Pues el resto del poema es un canto a la naturaleza, a la vida y al bello canto del ruiseñor.
Tal vez si aceptáramos el carpe diem de los ruiseñores como una máxima de vida, nos preocuparíamos menos por juzgar si un canto es melancólico o no.

 

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