‘Herzog’ de Saul Bellow (o del hacer cartas)

Tengo que mantener tirantes las tensiones sin las cuales los seres humanos no pueden ya ser llamados humanos. Si no sufren, se alejan de mí; es como si me los borrasen. Por eso, para evitar que se escapen, he inundado al mundo con cartas. Los quiero ver en forma humana. Para ello, conjuro todo su ambiente y los cojo en medio de éste. Pongo todo mi corazón en esas construcciones mentales. Pero no son más que eso: tinglados que yo armo. (El resaltado es mío).

Herzog es un tipo de cuarenta y siete años que se ha divorciado dos veces, tiene un hijo con cada esposa y  mantiene cartas con vivos, muertos, filósofos, famosos, presidentes, familiares, y amigos. Le escribe a todo el mundo. Algunas de estas son de carácter mental, otras sí las recibe su destinatario.

Durante la novela, Herzog afronta con toda la dignidad de la que él pueda disponer un examen de sí mismo y de su vida hasta ese instante. Necesita encontrarse, así que recorre su memoria, su familia, sus amigos, exposas e hijos con el propósito de saberse. Para lograr esto, la novela está guiada por cartas que Herzog escribe. De modo que son estas las grandes columnas sobre las que Bellow construye la historia de Herzog.

Durante mi vida me he interesado por las cartas, por su naturaleza y por las cosas que, en efecto, hacen a una carta. De hecho, me he dado el lujo de escribir un par reflexionando sobre este tema; aunque yo no diría reflexionar propiamente, son simples apreciaciones. Adicionalmente, me he atrevido a teorizar sobre la epístola al desconocer algún antecedente. He hecho esto con el ánimo de inicial del divertimento y el juego, y luego por la excusa de pensar. Las conclusiones y posturas que he encontrado son la consecuencia, por una parte de la práctica, pues disfruto de hacer cartas al igual que el mismo Herzog —aunque todavía no me atrevo a dirigir alguna a algún muerto; pero sí tal vez muchas anotaciones mentales para estos—, y por otra de la lectura de espléndidas cartas dirigidas a otras personas y a mí.

Encontrarme con esta novela fue una casualidad, no planeaba leerla hasta que la vi en la librería de Alejandro. La lectura de sus primeras páginas estuvo marcada por un notable desinterés. Anoto con cierto fastidio, que la falta de concentración que traía por esos días afectó mi lectura. A pesar de la semana que ha pasado, al momento en el que escribo esto, todavía sigo desconcertado por lo que sea que me tenga así, pero logré interesarme por la novela cuando entendí lo que intentaba hacer Bellow con esos fragmentos que inicialmente me parecían un poco zafados.

Bellow expone una visión amplia de la epístola. Sin embargo, puedo rescatar dos aspectos de lo que creo es su postura. Sobre el primero —y tal vez más el más importante— de estos me he permitido resaltar en el epígrafe de este texto la metáfora con la que finaliza aquél párrafo en el que se confiesa a sí mismo sobre cuál es la motivación principal para escribir sus cartas.

Ahí está contenida la razón por la cual Herzog prefiere hacer cartas que vivir. No es porque Herzog se preocupe demasiado, como lo haría cualquier persona solitaria, sino porque en el plano epistolar él es capaz de inventarse a su destinatario, basado en sus recuerdos o en lo que quiera, motivado por el odio o el amor, a cualquier hora del día se los piensa, les conjura y conversa con ellos sobre el dolor, la angustia, la muerte, la soledad, el sufrimiento o filosofía. Ahí, en sus cartas, es donde los ve llorar, o alegrarse. Dice, «los quiero ver en forma humana». Pero Herzog reconoce que todas estas cosas son ficción, son construcciones que pueden no corresponder con la realidad.

Yo también he pensado que cuando se escribe una carta a alguien más, uno construye al destinatario dentro de la misma carta: uno conversa con la construcción propia del recuerdo. Allí, aquél no tiene manera de moverse, es un holograma al que se le puede apreciar la faz, pero al tocarlo se desvanece entre las manos. O como la arena, como el agua, o el aire. Pero, queda abierta una cuestión que asombra por su sencillez: ¿por qué? El Herzog de Bellow parece hacerlo porque es allí donde él se siente más seguro. Sin embargo, él mismo se da cuenta de lo artificial de esto. Hacia el final de la novela se lee:

Volvió de nuevo su rostro moreno hacia la casa. Dio la vuelta en torno a esta y entró por la puerta principal, pensando qué otra prueba de su cordura podía dar, aparte de la de no querer ir al hospital. Quizá dejar de escribir cartas. Sí, eso era lo que debía hacer o, mejor dicho, no hacer. Ya no escribiría más cartas «mentales». Fuera lo que fuese aquello que le había ocurrido en los meses anteriores, aquel hechizo parecía írsele pasando; sí, desde luego, ya no lo padecía.
[…]
Se quedó mirando la persiana [luego de haberse sentado en su sofá récamier] de la ventana a la que la exuberante parra impedía que se cerrase y escuchó el rítmico golpeteo de la escoba con la que barría la señora Tuttle. Quería advertirle que debía rociar el suelo. Levantaba demasiado polvo. Le diría: «eche un poco de agua, señora Tuttle. Hay agua en el fregadero». Pero ahora no. En este momento, no tenía mensajes para nadie. Nada. Ni una sola palabra.

Herzog decide abandonar la escritura de sus cartas por una razón fundamental: la intensidad. Este parece ser el segundo aspecto que encuentro en la novela de Bellow sobre la epístola, hablo de la consecuencia que se encuentra entre el vivir haciendo cartas o no vivir haciéndolas —espero que la bien intencionada itálica indique su sentido metafórico y no literal—. Por un lado, se vive agazapado mientras se contempla una estela de sí mismos y de los otros: es una fantasía intelectual. Por el otro, la fuerza aplastante de la inmediatez y la existencia, donde no hay manera de agazaparse.

Mi posición, un poco distinta a la de Herzog, es que uno no debería renunciar a hacerlas: podría encontrarse el adecuado punto medio…. Pero ambos, lejano y experimentado Herzog, sabemos que la cobardía y la seguridad de la imaginación ofrecen un paraíso más placentero que lo que se presenta ante los ojos. De todas formas, la vida se encargará de hacernos entender que no todo son cartas, como te pasó a ti, noble Herzog.

Concluyo mi ecléctico texto con una de las últimas cartas mentales que se dirige a sí mismo antes de haber renunciado a hacerlas, esto con el simple ánimo de recordármelo: «nada haré por intervenir en las peculiaridades de la vida. Eso se hace muy bien sin necesidad de mi ayuda especial».

PS. La novela de Bellow me sorprendió. Aquí he decidido hablar de cartas porque son los temas que a mí me interesan, pero su novela no se restringe a esto. Por ejemplo, tiene una larga reflexión sobre los límites de la vida privada sobre la vida pública, la cual me parece, aún hoy, una discusión vigente. Esto me recuerda a una clase que vi de Filosofía Moderna con Lisímaco Parra en la que se discutía sobre si el vicio privado es condenable públicamente en Kant; pero para mí escarnio, no recuerdo quién decía qué cosa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s