Levantarse a una gatita negra

La fidelidad es a la vida emocional lo que la estabilidad a la vida intelectual, una simple confesión de fracasos.
(Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray)

 

Para comprender las discusiones cuya temática son la vida de los gatos es necesario, me parece a mí, interpretar adecuadamente las formas de comunicación de estos. Para lograrlo, se necesita haber vivido entre ellos, y —si se me permite— saber actuar como uno de ellos. De otra forma, mis palabras parecerán un cortejo grotesco y obsceno del acto de levantarse a una gatita que solo esta tierra podría dar.

Aquí hablaré de Ingrata, le puse así porque quería tener el capricho de bautizar a alguien o algo con la espontaneidad que un nombre al azar trae consigo, «ingrata» fue lo primero que brotó de mí.  Nos vimos de lejos la primera vez, su timidez me recordó a Maya. Verla así, fue como el portazo que daba Clawdia en La montaña mágica cada vez que entraba al comedor, y su caminar también me la recuerda, justo como los ojos de Clawdia a Pribislav. Así pues, los rasgos delicados, manchados y místicos de Ingrata se asemejarían a la belleza lejana y fina de Clawdia, y Maya sería como el recuerdo de aquel niño Pribislav Hippe que venía al joven Castorp cada vez para revelarle un secreto íntimo y demasiado privado.

Ahora mismo Ingrata está en celo y está vagando por los alrededores mientras la cortejan un par de granujas, aunque debo confesar que uno de ellos me cae bien: se merece a Ingrata en alguna medida debido a su tamaño, porte y maullido masculino. Lo hace bien, hasta yo me siento cortejado por él. Hoy los vi juntos, Ingrata ocupaba un lugar más alto y él, interesado y acurrucado en el suelo, le miraba con ojos tranquilos. Los otros gatos la corretean y ella, como jugando a no dejarse agarrar, emprende una carrera llena de desidia y fastidio.

El celo parece todo un ritual, mientras la gata se esconde y deja su olor por ahí mientras maulla en un tono más grave, va pasando de espacio en espacio haciendo lo mismo. El gato la pillará en uno de esos lugares, le arrojará una mirada e intercambiarán maullidos. Se ocupan los lugares del otro, y se van de nuevo. Así hasta que en la noche y la madrugada se escuchan las peleas, sendas griterías se alzan en el oscuro silencio de aquí. A veces me despierto en una madrugada sin celo y ni siquiera los grillos suenan. Solo los sapos cuando llueve o pronostican que llueve.

Los sapos me parecen entidades misteriosas, me los topo en el camino mirándome en silencio y ocultos. Duica en una clase de Epistemología que vi en el primer semestre de la maestría, traía al seminario un comentario sobre los muiscas y sobre sus profesionales en oír sapos. Estos últimos, en realidad parecen decir algo sobre las condiciones metereológicas, y su croar varía dependiendo de las lluvias y tipos de lluvias. Cuando escucho aquí su croar tan violento y unánime me imagino una inmensa orgía de brujas y demonios. Esto con la notable diferencia de que lo que sucede en realidad es una noche de walpurgi criolla, aquella en la que se vierte sangre de indios, negros, mestizos, blancos y cuanta raza y procedencia los reúna. 

Ingrata es una gata negra, atigrada, de ojos que verdean en amarillo, todo esto contenido en un cuerpo pequeño y apretado. La segunda vez que la vi, la convencí de acercárseme con pan. Estaba fresco, le gustó. No quise acariciarla, haberlo hecho habría representado una mala señal de mi parte hacia ella, no quería que pensara que yo solo le daría comida. No hubiera soportado que me quisiera solo por esta. Repetí esta acción por un par de días más.

Al cabo de algunos días, era el momento de acariciarla. Esta es una prueba de fuego, pues aquí vería qué tan bien nos comunicaríamos. Yo tenía que saberla tocar para que ella me respondiera con el deseo de buscar mi mano. Así que ofrendándole comida, le acerqué la mano empuñándola suavemente hacia la cabeza y se la acaricié con el dorso de los dedos. La acaricié primero en las zonas en las que yo sabría que no me rechazaría: la cabeza, detrás de las orejas, parte del cuello y unas parte de su dorso apretado. Algo extremo en un primer acercamiento hubiera sido dar golpes amistosos que son más fuertes de lo normal, forzar la caricia, acariciar las tetas, o masajearle las patas; advierto que de hacerlo se corre un grave peligro, en especial por la primera impresión que se llevaría.

Como mi intención final era ganarme su confianza y su cariño, no planeaba excederme con el cariño que le daría la primera vez; así, pues, aunque fuera yo el que quería acercarse, yo también me haría desear luego de haberle hecho saber que puedo darle placer. Volvió a mi puerta al día siguiente, y allí la acaricié hasta que se puso juguetona y me empezó a morder para picarme la sangre. Lo supe también por sus ojos y sus orejas, sus maullidos empiezan a parecerme un reclamo y me persigue poniéndose al frente mío. Yo sabía hacia dónde quería llevarme, razón por la cual no quise seguir su juego y me despedí. A la mañana posterior mientras coqueteaba conmigo al pasarse entre mis piernas y de impregnarme de su olor con su cola levantada, me mordió el dedo índice suavemente. Aquí supe que había ganado su confianza. La prueba de esto, radica en que ahora puedo acariciarle la panza, y darle pequeños masajes en las tetitas mientras se arquea.

Sé que cuando me vaya no me extrañará, porque su naturaleza también es la del constante cambio.

Tumaco, Nariño.
Diciembre.

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