Dolor

Mira, mira como caen estas pequeñas gotas rojas y brillantes sobre el piso blanco. Rojas, rojas, rojas las gotas y blanco, blanco, blanco el piso; blanco como el palacio sagrado de Constantinopla que alguna vez vi en un libro de historia; blanco como la niebla que aparecía junto al alba y me acompañaba en las madrugadas cuando iba a la escuela. En mi bolsillo de colegial siempre habían dulces. Mamá los ponía para que no llorara cuando estuviera sin ella. Tan linda mamá. Revisa por favor si te quedan algunos dulces en el bolsillo, si te sobra un pedacito de ternura; reviso mis bolsillos; silencio, un gran silencio; no hay nada, ya lo perdí todo.

 Y la imagen del caudal de sangre recorriendo la pálida y fría superficie de las baldosas, se esparce por memoria, por caminos secretos, perdiéndose en torrentes,  nébulas, glándulas, cálculos, nervios, arterias, tendones, articulaciones, células, sinapsis, mitosis, meiosis,  intuición, abstracción;  trayendo del pasado esas imágenes casi pérdidas e inconexas de la plaza de mercado, hendida en el calor dorado de un pueblo cualquiera en los extremos de Santander, donde los chulos negros, negros, negros, despellejaban los miembros echados a perder de las reses y los pollos, del pescado y las gallinas, que lanzaban  a la calle los gruesos carniceros de las famas cuando no podían embutirlos ni en la carne molida.  Un cuerpo blanco y rojo, cubierto en un manto blanco, llevando botas de caucho blanco bañado en sangre,  con una mano desnuda agarrando un machete y en la otra llevando un guantes de malla de acero. La mano lanzaba hacia la calle trozos de nervio, de ñervo, de lomo, de aletas, cabezas, de palomilla, de vísceras, mollejas, corazones e hígados. Y arriba, no muy lejos, volaban los chulos sobando con sus alas el cielo dorado y caliente, volando en círculo sobre la carroña, sobre el nervio, el ñervo, el lomo, la palomilla, las vísceras, las mollejas, los corazones e hígados rojos, todos cubiertos de una capa escarlata resaltada por el sol. La luz y el calor abrazaban los desechos que parecían latir con viveza y reflejaban el sol con tal intensidad que parecían ser  rubíes palpitantes. Y bajaban los chulos en bandada, una bandada negra, como si la muerte llegase del cielo, la señora muerte; bajaban en picada y extraían la carne aún roja, latente y vibrante de los huesos ya sucios, regados por las esquinas de la plaza, recostados sobre un helecho de legumbres descompuestas. A unos de ellos le colgaban tripas de los picos, a otros de las garras. Mira esa sangre sucia que cae como lluvia en el suelo.

Conságrate si aún puedes a los brazos de María Auxiliadora y del Sagrado corazón. Aférrate y muy fuerte, no reniegues de la ayuda. No descreas de la compasión que tienen los santos por nosotros los dolientes, puede que algún día baje Dios de entre los cielos y te cure con un beso y lave tus pies. Yo espero eso, espero despegarme de este cuerpo tan horrendo y ser recuerdo y ser vacío; recibir el perdón de Dios y guardarme en la impasibilidad de la nada. Espéralo, al menos yo necesito de algo incierto entre esta basta y abrumadora cantidad de certezas, de verdades.  Todo es definitivo, lamentablemente definitivo. Como decía Leibniz, sin tener que caer en la tragedia metafísica de la predestinación, en la noción de un sujeto está su presente, su pasado y su futuro. En Judas estaba la noción de ser un traidor incluso antes de recorrer Palestina y encontrar a Jesús.

Siento como si mi vida hubiese avanzado años y años en un leve soplo. Como si las ruedas de un camión gigante me hubiesen engullido. Todos estamos siendo engullidos.

A estas horas de la noche los recuerdos bajan de los montes dando tumbos. Tum, tum, tum, tum. Golpes secos y profundos en una caja de resonancia oxidada.

Decidí no acabar el texto. Nada de esto se acaba.

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