Este día me dolió el estógamo

«18/08/2005

—Alguna vez pensé que yo le gustaba a Claudia— le dije a Jairo mirándole a los ojos— y que podríamos tal vez, y solo tal vez, caminar por ahí como si fuéramos dos niños, sin pensar en nada.

—¿En nada? —me dijo frunciendo el ceño— Como si esas cosas pasaran, como si uno pudiera pensar en nada.

Se echó a reír con una risa ahogada, yo creo que le dolía el estógamo de tanto reír».

Eso fue lo que leí —hace poco— en mi diario un día que me sentí nostálgico. Todavía sé dónde encontrar mi diario de la infancia, lo guardo en el mismo escritorio olvidado del cuarto de sanalejo de la casa de mis padres. Aprovecho aquí para mencionar que me gustaba escribir las entradas de mi diario como si fueran diálogos entre personas imaginarias, como si yo me viera a mí mismo como otro.

Aquél día, un jueves solitario de agosto del 2005, él me había confesado que de vez en vez me miraba la nuca cuando se hacía atrás mío en clase. «Me gusta cuando con tu dedo índice te encrespas los pelos incipientes que te salen ahí—me dijo en el patio mientras yo evitaba su mirada triste». Recuerdo haberme enojado mucho con lo que me había dicho Andrés, pues yo no encontraba adecuada la idea de que le gustara a un niño tan lejano, silencioso y triste como él. Aunque esto lo digo ahora, mientras examino desde la lejanía mis viejos recuerdos; yo no comprendía la sola idea de gustarle a un hombre.

Recuerdo que las niñas de mi colegio murmuraban en sus grupos y se reían con sus voces que yo comparaba con sonidos que habría escuchado en algún documental de hienas en televisión. Cuando yo pasaba con las manos en los bolsillos y la mirada hacia el suelo me decían «ahí viene el maricón», o me gritaban desde los balcones de ese colegio que parecía más una cárcel que una institución educativa: «¡El florecita! ¡Ven florecita!».
Yo no quería pensar en nada. Yo solo quería seguir caminando con las manos en los bolsillos sin que nadie me dijera nada, sin que nadie me viera, sin que Andrés me viera de lejos con su mirada triste y lejana. ¿Cuándo será el día que yo podré pensar en nada?

P.S. Mi mamá siempre decía estógamo en vez de estómago cuando este me dolía. Lo decía mientras me acariciaba el pelo y me consolaba con su voz dulce y color canela.

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