Carta para ella

You wouldn’t read my letter if I wrote you
You asked me not to call you on the phone
But there’s something I’m wanting to tell you
So I wrote it in the words of this song

I didn’t know God made honky tonk angels
I might have known you’d never make a wife
You gave up the only one that ever loved you
And went back to the wild side of life

(Wilde Side of Life. Hank Thompson)

As I sit here tonight, the jukebox playin’
The tune about the wild side of life
As I listen to the words you are sayin’
It brings memories when I was a trustful wife

It wasn’t God who made honky tonk angels
As you said in the words of your song
Too many times married men
Think they’re still single
That has caused many a good girl to go wrong

(It Wasn’t God Who Made Honky Tonk Angels. Kitty Wells)

 

Cambié de opinión respecto de quisiera que mi carta fuera privada. Ahora quiero seguir el juego, razón por la cual te responderé por acá.

Las hojas en las que tengo escrita tu carta huelen a colegio, huele a todo un mes: mis cosas empezaron a adecuarse a ese olor extraño. No logro describirlo, es tan heterogéneo y profundo que no logro alcanzarlo. Y a pesar de que probablemente yo olía así, no podía recordarlo.

Ignoraré su olor y continuaré con la transcripción de mi carta.

Hace un mes que publicaste tu carta en H. Decidiste hacerlo públicamente. Yo creo que haberlo hecho de este modo te expuso a ti —como bien expresas en tu carta—, y a mí también. Decía en mi carta escrita que «yo podría responder la carta de igual forma, pero decidiré declinar esa oportunidad para hacerlo privadamente». Cambié de opinión: aprovecharé la oportunidad para exponernos. Como debe ser.

Luego de haber dicho eso en mi carta, continué. Así que aquí estoy: cansado, cambiado, con nuevas imágenes en mí, con nuevas reflexiones, ideas y memorias.

Este es el tercer intento de respuesta, será el último —yo sí que soy mentiroso, pues si considero este intento, estaría hablando del cuarto—, pues repetir una y otra vez esto representa un esfuerzo para mí, es una carga adicional que siento me dejaste. Uno tiene la obligación de responder una carta, todavía más cuando es una de tu calidad: sincera, abierta, bella. Por esa razón ya voy por el cuarto intento, porque es necesario para mí hacer esto. Es para sacar de mí la amargura del corazón, y no para ponerla en el tuyo.

Una carta de un mes. Eso es. Quería tomarme el tiempo para pensar y darle vueltas al asunto, desde la lejanía: en soledad y reflexión casi que introspectivas.

Yo sé que entiendes el valor de la soledad, la reflexión y la espera. Entender esto es digno de un alma intranquila respecto del sosiego y la estabilidad; es lo que creo que es digno de un alma incontrolable, de una que tampoco se encuentra porque, precisamente, a su vez ella misma no puede asirse. Las almas así son bellas. Para mí tienen coronas de laureles —aunque de espinas también podría ser—, las cuales son señales de un honor íntimo, sincero y auténtico.

Pienso de estas almas que ellas entienden el valor de lo propio, de lo que brota de uno mismo. Entienden que ese valor solo le importa a quien experimenta tales sensaciones: a nadie más importan sino solo a ella.

Creo, entonces, que ese valor íntimo hallado en la soledad, la reflexión, la distancia —y muchas más, por no decir todas sin que llegue a ser trivial— que solo uno puede disfrutar y entender, es el fin último. Creo.

Tal vez en ocasiones pasadas te haya dicho lo difícil que es hacer una carta, sobre todo si está escrita a mano —en vista de que esto ya no es, solo queda el registro—. Si lo hice, tal vez también te habría contado que de todos los géneros —literarios o no. Bien podría uno preguntarse si una película podría ser epistolar— este es mi favorito. Me encanta.

En este uno se descubre, quizás a la manera griega de la verdad, es decir, de la ἀλήθεια. Cuando leí esto en Heidegger fue toda una novedad para mí. Imagínate ser un analítico perdido y encontrarse con semejante cosa: qué chimba. Probablemente ya te haya dicho esto mil veces, tal vez, no sé, pero sé que ha sido un tema, este de la verdad y el lógos, de discusión constante en los últimos 5 o 6 meses .

La verdad griega en términos literales es sacar del ocultamiento, es descubrir, es quitar el velo, es sacar a la luz lo que está oculto. Para Heidegger, esta radica en la manera en la que el ente se des-cubre a sí mismo, o en palabras del mismo Heidegger, el ser del ente es su desocultamiento.

En De Profundis, Wilde dice que la verdad en el arte es aquella que refleja lo que está adentro de uno; algo verdadero en el arte sería aquello que deja ver sin ningún velo o mentira lo que siente el hombre; es presentarse tal cual es. Wilde sabía griego, en la misma edición que me regaló N. hay un poema llamado Γλυκυπικρος Ερως, lo que traduce —según mi pobre griego— el dulce amargo de los amores. Estoy seguro que él entendía esa monda de la ἀλήθεια, pues sin haber leído a Heidegger, dijo lo mismo con palabras más sencillas.

Con toda esta palabrería dicha, quiero decirte que diré la verdad aquí, al  mejor estilo griego; así pues insisto en que es por el mero hecho de sacar de mí mismo lo que tengo adentro. Continué en mi carta diciendo que la verdad era liberadora, en todo este sentido. Así es.

Tengo un peso insospechado, quizás oculto.

Quizás nada de esto sea importante, probablemente somos el mismo espíritu encarnado en diferentes cuerpos. O, probablemente el espíritu ni siquiera existe. Pensando en estas cosas nos desaburrimos, pensando en el espíritu, en el alma, en la muerte, o en la vida. Lo cierto es que aquí estamos, exista o no el espíritu o el alma o no haya nada: sentimos, pensamos, existimos y moriremos inevitablemente.

Creo que esto va más allá de lo sucedido aquél día. Me atrevería a decir sin llegar a la trivialidad que todo nos excede, y que lo único que hacemos es dotar de sentido esos sucesos. Somos nosotros los que dotamos de sentido hechos oblicuos y heterogéneos.,… Aunque estoy siendo exagerado, soy yo el que hace eso. No sé si los demás en verdad lo hagan así. Soy yo mismo el que dice qué está bien o mal; qué es bello o malo; lo brillante o lo estúpido; lo profundo o lo superficial.

Sin embargo, quiero mencionar algunos temas que tengo atorados, empezando por lo que ya te dije: me molestó lo que dijiste.

El primero de los temas —también ya te lo dije— fue el tono con el que lo hiciste. Ahora esto ya no importa.

Lo segundo se sigue del primer punto, a saber: el contenido de tu queja —no sé si realmente era una queja; la llamaré así de todas formas—. Yo sentí que me atacabas a mí, a mi forma de pensar, a mi modo de ver el mundo, de moverme, de estar. Esto me causó una impresión que todavía tengo presente: tenía mi guardia baja, no esperaba algo así de ti, y me sentí golpeado.

Te sentías confiada, convencida de tu verdad. Me parecía a mí que esta estaba motivada por tu lectura de Hegel, lo cual me parece genial (yo intenté leerlo cuando aún era estudiante de Lingüística y no entendí un culo). Me sentí como un inútil, como un estúpido, desnudo, desprovisto de todo en lo que había creído. Como las formas en la arena que se disuelven con la espuma del mar.

Tal vez me tomo demasiado en serio esto —la existencia—, de ahí preocuparme por lo fútil. No hace falta decirte que en la introducción de nuestro blog lo decimos. De ahí que tú hayas decidido hacerlo así, y yo, continuar con esto.,… pero, ¿cómo no tomarse en serio esto? ¿Cómo no pensárselo todo, cómo no sentir cada emoción humana,… si para eso están? Esa es mi manera de habitar, de estar, y puede que no cambie de opinión,… o quizás sí lo haga. Pero esto sucederá sin que yo me dé cuenta, no porque alguien me lo diga.

Esto me lleva al tercer punto de mi carta, el cual me parece el más central. Hablo del cambiar de opinión; desde lo más superficial; desde lo más importante como el punto de vista; o en lo más profundo, como la creencia.

El cambio cuando no es fingido o impostado, se presenta silencioso; lento; nadie lo ve, lo huele o lo escucha. Este simplemente sale. Brota espontáneamente como las cosas bellas del corazón, brota como la verdad que descubre y refleja lo profundo, lo oculto, lo último: son, o si se quiere, están.

Esto que he dicho no lo entendía del todo bien sino hasta esa última vez.

Pensé mucho en tus palabras y en tu queja durante semanas. Estaba enojado y yo no quería saber de ti,… pero descubrí en mí mismo que era arrogante no considerar tu queja, independientemente del tono o del contenido. Tu intención parecía clara —al menos para mí—: hacerme cambiar de parecer, discutir, contrariarme.

Al final encontré en tu queja una intención noble. También encontré que ganaste: me hiciste cambiar de parecer, aunque ya no directamente.

Lamento mi actitud: mi silencio y mi lejanía. Pero considero que las dos últimas son necesarias para mí, para entenderme y entender. Uno podría hallar justificación en estas dos cosas, pero estas solo se pueden entender cuando se experimentan propiamente. Sucede lo mismo con el dolor, la pena, la zozobra, la tristeza; se entienden cuando se sienten.

*

Me gustó que tus actos estuvieran motivados por tus lecturas. Pienso que esa clase lectura: la que apropia para sí, la que transforma, la que cala, es la única que vale. Leer de este modo es dotar de justicia e historia una idea, una creencia, o lo que fuera. Leer viviendo es una bella forma de entender la realidad y la vida; es confrontarse uno mismo con el otro en su juego. Por esa razón digo que el hecho de que tu acto estuviera movido por Hegel me gusta, lo aplaudo.

Para finalizar esta parte de la carta, quiero insistir en mi intención: sacar del fondo lo que tengo, y manifestarte que te quiero. Si no hubieras llegado, yo no estaría escribiendo esta carta: esta es una buena forma de pasar la vida: escribiendo cartas.

Ahora te veo crecer —nos vemos crecer—. Me parece a mí que ahora estás abrumada, triste, cansada y perdida. Si no lo estás, solo ignora mis palabras, en caso de que sí lo estés, considera lo siguiente. La belleza y la verdad (cosas que considero como las más altas y solemnes en la existencia) también están en el sufrimiento, la tristeza, la soledad y el silencio. Vive como quieras vivir. «Ojalá que sea volando»,… pero mejor viviendo.

**

Te entregaré esta carta y te pediré que la leas cuando yo no esté. Estaré esperando una respuesta, pero no me gustaría que fuera sobre el tema particular de ese día. Sobre cualquier cosa, por ejemplo, de tus lecturas de Hegel.

Así mismo, pueda que no quiera verte o hablarte en persona luego de que te entregue esta carta. Mis razones son en extremo íntimas. Bástate con esto que diré.

A veces te pienso y recuerdo esa noche en la sala de tu casa. Allí te quise, a pesar de lo lejano que es ahora. Escribí sobre ti en Hermenildo y en Vicios, y mírame, todavía escribo pensando en ti.

Pero tu indecisión también me dolió.

De hecho, en Hermenildo está el párrafo escrito del cual me siento más orgulloso, y lo hice pensando en ti. Pensaba en tu forma pequeña y poderosa. Recuerdo compararte con una diosa griega y escribir pensando en una imagen de Ulises frente al mar. Por entonces había leído La Odisea, y me había fascinado, así que escribía también pensando en Homero.

Había días en los que no podía sacarte; pero, por fortuna para mí, esos días ya pasaron.

Lo que te escribí alguna vez fue completamente sincero. Te quise, te veía con encanto,… pero tú estabas en una infantil indecisión. Quiero creer que puedo decirte esto sin que te enojes, quiero creer que lo entiendes. Recuerdo que hice esa carta de la que hablo en un escritorio aislado de la hemeroteca de la BLAA. Me hice allí porque no quería que alguien me viera o interrumpiera.

Tú me respondiste diciéndome que había mucho ruido en mi cabeza, que yo no me escuchaba y que yo no me quería. Quiero decir que:

Todos tenemos ruido,
Mucho, tal vez.

Todos estamos locos,
Más, mucho, muy.

Todos escuchan voces,
y enloquecemos.

Mi voz, por ejemplo, suena a Legión.

Quizás yo soy Legión.

 

 

Un día escribí en mi diario: «al final me di cuenta que mi naturaleza es cambiar».

 

Quien te quiere, tu amigo Julián.

Ubaté, 31 de julio.
Transcrita el 2 de agosto en Bogotá.

 

 

P.S. Los epígrafes de esta carta son dos canciones de country. La segunda, de Kitty Wells, es una canción-respuesta a la primera de Hank Thompson, donde afirma que él no sabía que dios había hecho el Honky Tonk (un género del country). A lo que Wells le responde: «¡idiota! Dios no hizo el Honky Tonk, lo hicimos nosotros».

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