Fragmento de un par de días de julio

The supreme vice is shallowness. Whatever is realized is right. (Oscar Wilde. De Profundis. p. 130)

At every single moment of one’s life one is what one is going to be no less than what one has been. (ibíd. p. 164)

Now it seems to me that love of some kind is the only possible explanation of the extraordinary amount of suffering that there is in the world. I cannot conceive of any other explanation. I am convinced that there is no other, and that if the world has indeed, as I have said, been built of sorrow, it has been built by the hands of love, because in no other way could the soul of man, for whom the world was made, reach the full stature of its perfection. Pleasure for the beatiful boy, but pain for the beatiful soul. (ibíd. p. 162)

Behind joy and laughter there may be a temperament, coarse, hard and callous. But behind sorrrow there is always sorrow. Pain, unlike pleasure, wears no mask. Truth in art is not correspondence between the essential idea and the accidental existence; it is not the resemblance of shape to shadow, or of the form mirrored in the crystal to the form itself; it is no echo coming from a hollow hill, any more that it is a silver well of water in the valley that shows the moon to the moon and Narcissus no Narcissus. Truth in art is the unity of a thing with itself: the outward rendered expressive of the inward: the soul made incarnate: the body instinct with spirit. For this reason there is no truth comparable sorrow. (ibíd. 161. Énfasis agregado)

…Y muchas hermosas palabras que Wilde deja salir y fluir con tal naturaleza y ritmo.

Esta semana fue una de las más agotadoras hasta ahora y de terrible introspección. Aunque no debería decir terrible a la manera del verbo griego δεíδω; no le temo a esta ni a su naturaleza. He tenido el tiempo suficiente de divagar con calma, rodeado de solitud, paz, y calma; solo yo y un sonido sordo del exterior. Estuve acompañado en todo este viaje por De Profundis, o como el mismo Wilde la bautizó —la carta—: Epistola: in carcere et vinculis.

Lo que he puesto a modo de epígrafes de este texto son fragmentos descontextualizados de esta carta, son afirmaciones sobre un estado profundo de introspección, de dolor y de perdón. Son palabras desnudas, sinceras, absolutamente certeras en su conjunto: he llorado leyendo esta carta; cuando lo hago, tengo la dolorosa imagen de Wilde llorando a diario, por dos años, como un pariah como el mismo se denominó, mientras escribía esta carta. Dos años.

Llegué a esta carta porque era una imposición del camino, pero no cualquier imposición. Esta se presenta de una manera natural, sale de sí mismo porque pareciera que es el instante adecuado para valorarlo, para apreciar su belleza, para considerarlo como un ente del cual, al entenderlo, inevitablemente se entenderá la propia existencia. También descubrí que Gadamer me encanta, aunque esto ya lo sabía. El mismo Wilde describe a la perfección el primer asunto dentro de su hermosa carta —me tomaré el atrevimiento de usar adjetivos tan bonitos como estos: esta carta se lo merece: es lejos una de las mejores cosas que he leído en la vida—, porque sobre el segundo no hay nada que demostrar.

It is the the thing left in me, and the best: the ultimate discovery at which I have arrived, the starting-point for a fresh development. It has come to me right out of myself, so I know that it has come at the propper time. It could not have come before, nor latter. Had anyone told me of it, I would have rejected it. Had it been brought to me, I would have refused it. As I found it, I want to keep it. I must do so. It is the one thing that has in it the elements of life, of a new life, a Vita Nuova for me. Of all things it is the strangest; one cannot give it away and another may not give it to one. One cannot acquire it except by surrendering everything that one has. It is only when one has lost all things, that one knows that one posseses it. (p. 153)

Debo admitir que no estoy completamente de acuerdo con lo que dice Wilde, pero de este fragmento puede rescatarse un aspecto fundamental de lo que digo. Wilde considera que él ha aprendido que detrás de su sufrimiento y su dolor solo queda la verdad, lo real:  más dolor y desespero. De esta oscuridad y abandono, él mismo se dio cuenta de algo, a saber: en lo más profundo de él hay humildad. Él solo se ha dado cuenta de esto ante la situación en la que se vio envuelto por una serie de eventos que él mismo pudo haber evitado, como él mismo afirmó, pero que no evitó porque al final amaba al hombre que lo envió a la cárcel.

Así pues, llegué a esta un día soleado. Aquél día vi un precioso libro de The Penguin, una edición vieja, pero delicada. Me lo regaló N.; ese día D. hablaba de cuervos y casualidades. Firmé el libro como «un regalo de un cuervo mientras ella piensa en cuervos». Estaba escrito en su original inglés. Yo nunca antes había leído un libro en inglés, y menos literario. Bueno, en realidad había leído dos poemas: The Ancient Mariner de Coleridge en una edición bilingüe con traducción de Otto de Greif, la cual, debo confesar, no me gustó; y Song of Myself de Whitman.

Vaya, ahora que recuerdo, este poema de Whitman me hizo llorar como a un niño acobardado en la oscuridad. Y, si lo pienso bien, haber llegado a ese poema me ha hecho estar aquí hoy.

Ya que he mencionado Song of Myself debo decir algunas palabras sobre este. De aquél poema rescato para mí mismo —por fortuna no leo como lo haría alguien que sabe de literatura y que la ve formalmente, sino con una sencilla mirada infantil y estética: casi que mi lectura de estos se convierte en una lectura ética: a cosas que hay que seguir, adecuar para la propia vida, pensarla en relación con uno mismo; desprovisto de su propia temporalidad y haciéndolo vigente para mí— como si en definitiva hubiera sido algo que yo mismo hubiera escrito. Pienso en Borges cuando digo algo como esto. Fue tal el impacto que provocó en mi tan perdida y caída alma, que sentía mis propios brazos abrazándome y consolándome de un sueño difícil mientras leía mis fragmentos favoritos de esta. La leí tres veces, y en cada una me inspiré. Esta me henchía el pecho, levantaba mi cabeza y me sentía liviano: la seguridad de saber que otros también han vivido lo mismo no es un consuelo, es una certeza que infunde tranquilidad en el alma atribulada. Y aquí, desde aquí, empecé una búsqueda estética que finalizó en Wilde.

Respecto de esto, Heráclito en una idea sencilla y simple hablaría de los opuestos. Mucho después, eso mismo sería formulado por Hegel con la grandeza y belleza del pensamiento alemán: la oposición de los contrarios.

…Aunque,… bueno, mi búsqueda estética no terminó, sencillamente cambió su naturaleza.

He encontrado en este viaje momentos de silencio. El que más recuerdo, uno de los más difíciles, ocurrió mientras iba de camino a Ubaté desde Bogotá. Debo aclarar que ese día salí de Villeta a las 14:00, llegué a Bogotá y luego salí hacia Ubaté, donde tomaría otro transporte para quedarme en La Niña Bonita del Valle de Ubaté, A.K.A.: Cucunubá. Eran las 19:00 y yo iba en alguna parte del altiplano Cundiboyacense. Estaba cansado, y yo solo miraba por la ventana: nada particular, ni las nubes, ni los árboles al lado del camino, ni la penumbra, ni las señales de tránsito, ni siquiera las llamativas luces rojas de los carros. Allí, mientras veía por esta, vi el reflejo amarillo de la luna cuando me distraje de mi estado fantasmal. Giré mi cabeza hacia la derecha, y allí estaba: imponente, enorme, casi sangrienta, lujuriosa, entera de pasión y sobre todo de silencio.

Apenas la vi me deshice en lágrimas porque me di cuenta que ese momento era lo único que tenía: un instante infinito en el que puedo apreciar la luna; una imagen; un recuerdo. Viene a mi memoria que antes de verla, pensaba en una frase que había leído días antes en De Profundis. Wilde escribía que el carácter del hombre se hace a cada momento, a cada instante: cada acción hace y deshace el carácter. Y yo, allí, solo, cansado, con hambre, malhumorado, pensando en los privilegios, pensando en los que no los tienen, pensando en mi propia queja, en mi propio odio, en mi personalidad, en mí, solo pensaba en estas palabras: en el carácter. Ver la luna reflejada en la ventana de mi puesto mientras yo pensaba en endurecerme y hacer como piedra mi temperamento —más de lo que ya lo es— me ablandó; todavía más, me deshizo. Morí allí; pero no ya como Wilde que inició una nueva vida, sino para continuar con con los recuerdos, con la belleza, con el placer y el dolor; para aprender de estos, de mi infancia, de mi juventud más temprana; para oponerme constantemente a mí mismo.

Al día siguiente estuve de regreso en Villeta. De allí salí hacia Guaduas. Durante el viaje, me encontré con una afirmación que me concilió conmigo mismo y con esta discusión del carácter: at every single moment of one’s life one is what one is going to be no less than what one has been. (p. 164). Así que no se trata de un abandono, de una nueva vida, sino de una combinación ingenua entre mi tradición, mi historia, mis recuerdos, y el propio carácter de forjarse a sí mismo en el ahora. Se trata, entonces, de tener el carácter de reconocer el pasado para hacerse a sí mismo en cada momento de la propia existencia.

¿Julián?
Probablemente sí.

 

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