Me debato entre escribir y callar. El callar me ahoga, pero la escritura suele ser vanidosa. Si lo hago para mi misma lo olvido; si lo hago para los otros me avergüenzo. Pienso que la única forma de superar este conflicto es concebir el proceso como una forma de enaltecer mi historia, pues resulta ser lo único que realmente me pertenece. Pero lo que digo ya lo han dicho tantas veces, que darme tanto protagonismo sólo indica que me hace falta aún mucho por conocer. Mi historia resulta ser la de toda la humanidad, y ella es mucho más grande de lo que yo apenas padezco.

Hace seis meses no escribía, hace seis meses no me ahogaba, hace seis meses no lloraba y me encontraba en paz con mi existencia. Hace seis meses tampoco habían certezas y no por ello tenía ansiedad. Hace seis meses era una niña a la que el mundo se le presentaba como una invitación. Hoy el mundo se me presenta como una exigencia, la incertidumbre me abruma y siento que no hay escape. De hecho, eso fue lo que me hizo reaccionar. He escapado toda mi vida, he ignorado y he olvidado. Ya intuía yo que no había escape, siempre lo he intuído. Y ahora vuelven recuerdos que me hacen percatar de mi evasión. Me gritan reclamandome. Es cierto que no puedo ser mártir de todas las causas, pero la omisión también es un pecado. He vuelto a caer.

Nietzsche lo entendió perfectamente: ha nacido la tragedia, y esta interminable rueda del Samsara es lo único a lo que podemos aspirar.

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