Maya

En este mundo todo tiene dos lados. El asesinato, por ejemplo, puede tomarse por su lado moral (como suele hacerse en el púlpito y en el Old Bailey) y, lo confieso, ése es su lado malo, o bien cabe tratarlo estéticamente —como dicen los alemanes—, o sea, en relación con el buen gusto.
(De Quincey. Del asesinato considerado como una de las bellas artes. 1985. 23)

Hoy me despertaste dándome pequeños mordiscos en el cuello, suaves, sutiles. Me quieres. Ahora en esa tu adultez nos hemos acostumbrado el uno al otro, tú me entiendes, o al menos pareciera que lo haces, y yo también te comprendo, o finjo creer que tú me entiendes y yo te entiendo. Sin embargo, sé qué quieres cuando lo quieres; tu mirada tierna se mantiene jovial y juvenil, pero a la vez celosa y cariñosa; señales de una preocupación digna de la vejez, de tu vejez. Me esperas a diario sobre mi cama, sobre algún pantalón que dejo por ahí, o sobre alguna chaqueta; mi ropa te pertenece, sin duda alguna. Te veo de lejos dormir y me pregunto sobre cuáles serán tus sueños. «¿Me verás también en ellos?» te pregunto mientras te enrollas. Ahora que lo pienso, nunca he soñado contigo salvo esa primera vez llena de misticismo, pues se me anunciaba tu llegada. Profecía o no, estás acá.

Vienes a mi cuando estoy triste, o alegre. Estás allí.

Probablemente me has visto en auténtico desespero, y tus orejas caídas me miran mientras alzas la mirada dormilona que tienes. En agobio, solitario, despechado, o en el fervor de una compañía. Por fortuna no hablas, pues me dirías en realidad quién soy. Aunque mi condena está echada, seré Julián quien intencionalmente decide desconocerse porque cree que solo así tiene sentido la vida: en un desconocimiento cuyo único fin es uno estético. Visto así, vivir es una condena extraña y a la vez bella. Menos mal que no hablas, de otro modo este juego infantil de justificarse en lo bello acabaría pronto.

Yo también te quiero. Prueba de mi cariño es intentar marcar mi memoria con tu olor para ver si podré acordarme de este cuando yo tenga cincuenta años, y recuerde la noche en la que me despertaste con pequeños mordiscos en mi cuello, cosa que nunca habías hecho antes. Me sorprendió. Admiro tu vida y cuando pienso en tu también anunciada ausencia, mi pecho se hunde muy adentro. Entonces, como pareciera que la memoria es lo único que construye la realidad histórica y personal —pensaría yo—, me quedará bien atravesado tu recuerdo.

Recordaré esa vejez que ahora gozo contigo porque yo también he crecido. Inconscientemente adquirí conductas tuyas, pues de un momento a otro me veía a mí mismo haciendo sonidos que solo harías tú en determinadas situaciones, y otras conductas de infantiles. Tal vez esos gestos inconscientes han acercado nuestras almas no tan diferentes después de todo. Porque ese será mi recuerdo más importante que guardaré de ti, y no hablo de la vejez, sino de que crecimos juntos; tú a tu manera animal y libre, y yo, pues,… a esta manera.

Ahora que lo pienso mejor, quizás ese sueño premonitorio no anunciaba tu llegada a mi vida, la cual me parece azarosa porque es una casualidad que fueras mi gato y yo tu humano, sino que te anunciaba a ti misma como un testigo de mi propia vida, pues pensarte inevitablemente me hace pensar en mí mismo.

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