Descubrí una obviedad

Introducción

Este breve ensayo, si a esto se le puede llamar así, es una excusa para conversar conmigo mismo y con Heidegger. Aquí consigno una reflexión que me atormenta últimamente gracias a mi lectura de Ser y Tiempo, particularmente la correspondiente a la disposición afectiva. Este no es un ensayo interpretativo; al contrario, quise poner los términos y conceptos de este en diálogo con el problema práctico de conocerse a sí mismo y sobre cómo la indisposición afectiva evita dicha comprensión.

Sin más que aclarar, espero que este texto, o lo que fuera, sea reaccionario y ofenda a los más puristas. Aunque está claro que no logré esto ni lo otro.

1.

Descubrí que prefiero bailar solo y morderme los labios al son de mi propio ritmo, que el alcohol solo sirve para mojar la palabra, y de paso, el corazón; así encharcado no tendría tiempo para entristecerse porque le preocuparía morir demasiado en una noche. Descubrí un mapa de Stacraft llamado Personacuyo nombre no me remite a otra cosa sino a Bergman; hace tanto que no lo veo. Lo extraño al igual que me extraño a veces cuando me miro.

Descubrí que la vida va. Descubrí que viviré 60 años más de incertidumbre y angustia; aunque ya diferentes debido al curso natural de mi vida. Descubrí que desear es un acto que guarda similitudes con la fe, particularmente de esa fe cristiana que inunda todo mi ciclo histórico y que, después de todo, me constituye en mi calidad de arrojado. Hoy solo me queda escupirle porque me niego a aceptarla.

La fe, dice el Apostol Pablo —ese héroe moderno y cristiano que sufrido, perseguido, y transformado, puede predicar la palabra de Dios. Cristianos del mundo, su héroe se parece a los héroes griegos. Su héroe es una historia cerrada que otros antes ya conocían. Aunque no precisamente en la novedad de este está su valor, sino en su conversión—, es «la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Hebreos 11; 1). Y continúa el hombre de Dios: «porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos». Ahora mismo pienso que la fe se parece tanto al desear, entre otras cosas de las que no hablaré acá, en tanto que quien desea está desprovisto de control sobre lo que desea;  lejos de toda coacción personal que pueda tener sobre lo deseado me abandono a una suerte de fe cristiana, una en la que tengo certeza de lo esperado porque —y no lo sé realmente— y quiero con todas mis fuerzas que eso que deseo sea ya no un objeto de deseo, sino un elemento constitutivo de mi vida; es decir ya no deseado, sino vivido; esa es la impresión que me deja la fe cristiana. 

La certeza de la que habla el Aposto es, entre otras cosas, un esperar más o menos propositivo que pienso está mediado por la fe cristiana. Aunque no creo que la fe sea en un sentido estricto «la certeza de lo que se espera», sino que la espera del objeto deseado es ante todo una espera por tenerlo, por eso digo que es un esperar propositivo mediado por un algo, porque no es una espera despojada de finalidad, ni siquiera es una espera cuyo fin sea sí mismo; esa certeza es algo así como un esperar confiado porque se sabe que se tendrá o llegará lo esperado, ya tendré tiempo de ampliar esta idea más adelante. 

El Apostol Pablo no se queda ahí —tampoco yo— dice además sobre la fe que esta es «la convicción de lo que no se ve». No creo que el Apostol hable en este pasaje de la fe como una mera creencia en un Dios; esto podría pensarse debido a que parece hablar de cosas invisibles, pero esta interpretación me parece un tanto errada porque —y puedo estar equivocado— no creo que Pablo creyera en una entidad invisible, callada y misteriosa en la que se debería creer simplemente porque solo así aprobaría mi propia convicción. Al contrario de esta idea, pienso que Pablo creía que Dios era un todo constituido en el mundo, un Dios etéreo presente en todas las cosas. Prueba de esto es el tercer versículo de este capítulo —que si se me permite mencionarlo es bellísimo—: «Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía». Aquí habla de aquella bella metáfora según la cual el verbo toma carne al nominalizarse, de la que no hablaré más porque faltaría a la verdad y a mis anteriores, que ya lo hicieron mejor y no vale la pena agregar más palabrerías a un asunto tan oculto.

Por la razón que elucidé en el párrafo anterior considero que hablar de la fe como creencia en un Dios me parece equivocado. Distinto a esto, considero que la fe como «la convicción de lo que no se ve» es precisamente esa espera mediada por un propósito muy cristiano, algo que aquí llamaré desear. Así, pienso que desear tiene como fundamento los dos elementos constitutivos que Pablo menciona sobre la fe: primero el esperar como ya teniendo eso que se espera; y segundo, es tener una creencia según la cual lo que no se ve ahora mismo está ahí, habitando conmigo esta existencia; dicho en otras palabras, certeza y convicción respectivamente. 

Un caso ejemplar de los casos que cita Pablo en este capítulo lo representa, a mi juicio, Noé. Dice el Apostol de aquél: « Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase; y por esa fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe».

Tengo dos consideraciones generales sobre este versículo, la primera de estas de carácter más general es la atribución de un estado de fe a hombres concretos. Pareciera que la intención de Pablo es acercar el misterio de la fe a los hombres, de querer mostrar que otros iguales a nosotros experimentaron la fe. Esto quiere decir que la fe no es un asunto lejano ni reservado para los hombres santos, sino para cualquier hombre dispuesto. La segunda consideración es acerca de la fe que experimentó Noé. No puedo saber con certeza el carácter de sus emociones, pero admito que fue una digna de los héroes judiocristianos, pues el escritor en el génesis (Gen 2;6) deja constancia que en el principio de los días no llovía, sino que salía de la tierra un rocío que regaba las plantas —vaya idea ingenua—. De forma que el primer día que llovió, según el orden cronológico bíblico, en la tierra fue el día del diluvio universal; un día anunciado y sobremodo terrible. ¿Cómo le hizo Noé para creerse el cuento de que llovería si ni siquiera sabía lo que era llover? Aunque el problema lingüístico de este pasaje resulta interesante no lo es más que pensar en la actitud de Noé frente a su encrucijada.

Reflexionar en los personajes bíblicos y en sus historias me hace pensar en Kierkegaard. Es inevitable no remitirme al maestro de la exégesis bíblica y de sus conclusiones aun raras para mi ojo juvenil e inexperto. Kierkegaard en Temor y Temblor reflexiona en torno al caso del conflicto de Abraham y en la orden que le da Dios de sacrificar a su propio hijo (Isaac); esta misma confusión me remite a la que creo encontrar en Noé al recibir la orden de construir un arca a expensas de perder la promesa, la de ser un padre de la fe, un padre de naciones. Paradójicamente la promesa de Abraham era su propio hijo, el nacido del vientre viejo de Sara, la esposa de Abraham —Dios le prometió que en sus días de vejez le nacería un hijo—, aunque también estaba la promesa de ser el padre de naciones. La consideración de ambas promesas me parece válida en tanto hablo de perder la promesa.

En este punto creo identificar un elemento constitutivo del deseo y de la fe, a saber: la mediación. Ya he hablado que el deseo está mediado por un propósito, pero no he sido capaz de explicar cómo es este propósito. Ahora me atreveré al menos en el caso de la fe: en esta hay una promesa de por medio. Abraham sacrificó —o al menos lo intentó— a su hijo porque Dios le había prometido que sería padre de naciones. Noé, en cambio, previo a Abraham, tuvo que tener fe porque la promesa era salvar su propia vida —y la de perpetuar su especie santa—, fin que me parece más noble que esperar una «una ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Hebreos 11; 10). A pesar del dilema epistemológico en Noé, este le creyó a Dios.

Me pregunto, entonces, cuál será el equivalente de la promesa en la fe, en el caso del desear. Creo que la pregunta puede responderse fácilmente si considero que la fe está contenida en el desear. Me explico más ecléctica y oscuramente, empezaré a creer de ahora en adelante que el desear es más general que la fe, de modo tal que la fe sería una clase del desear. Con esto dicho, podría responder a mi pregunta anterior al remplazar lo que es la promesa para la fe como un rasgo o casilla vacía del deseo, vacío que puede llenarse con cualquier cosa en el deseo; en el caso cristiano, seguirá siendo la promesa.

En mi caso particular la casilla vacía la llena la angustia. Una angustia por estar vivo; y qué es estar vivo sino tener a la suerte un camino de bifurcaciones infinitas e insospechadas. Sin embargo, denuncio ahora mismo mi escepticismo generado por la angustia y quiero despojarme de él. Ya no quiero considerar mi existencia como una llena de angustia por vivir, como una que se desliza en un instante. Kierkegaard tiene una metáfora de carácter lingüístico y etimológico que me parece hermosa, este es el caso de Augenblick. Si tuviera que traducir Augenblick al español inevitablemente tendría que hacerlo como instante. Sin embargo, instante le resta justicia a la etimología alemana, pues Augenblick a más de ser un instante, es literalmente: un instante registrado en un abrir y cerrar del ojo, es un instante semejante al parpadeo. Entonces, a más de la angustia por escoger, por vivir, está la idea de que es tan solo un instante. La angustia así entendida resulta poética y dolorosa; es toda una idea de belleza eterna.

Sin embargo, ese instante y la angustia de este me atormentan; para mi su belleza no es una admirable y digna de seguir, sino una que desemboca en el miedo —o para ser más precisos con los términos, como una indisposición afectiva—. Y esa es la razón de todos mis problemas, el miedo.

2.

Heidegger tiene una postura sobre las disposiciones afectivas que encuentro casi que práctica —y hermosa—; insisto en la practicidad de su filosofía a expensas de una comprensión más estructural y argumental. Quizá, inconscientemente mi modo de comprenderlo por ahora sea creer que esta tiene algo de práctico para mi, y como lo veo ahora mismo, no hay otro modo de hacerlo. Así que aprovecho la oportunidad para excusarme de mi sesgo práctico. ¿Aunque ante quien me excuso? ¿Ante los heideggerianos de la universidad? Sé que en sus corazones piensan que es así. ¿Ante mi mismo y mi deseo de comprensión filosófica? Pues ese yo ya despareció. Una lástima. Puede que de viejo vuelva ese hombre intranquilo.

La postura de Heidegger se integra en el marco de la explicación por los existenciales que constituyen el ser del Ahí, o lo que es lo mismo: la aperturidad del estar-en-el-mundo. Conozco dos existenciales del ser del Ahí: la disposición afectiva y el comprender. Aquí, hablaré del primero e ignoraré el segundo porque después de todo, veo tanto de Heidegger en Gadamer en los parágrafos de Ser y Tiempo (de ahora en adelante SyT) que estoy leyendo (§31 al 34) que no vale la pena, así que diré esto una vez más: agregar las palabras de un joven estúpido a un tema tan alto como el lenguaje y la comprensión Hermenéutica sería un despropósito casi ofensivo. Por otro lado, siento que sería ingenuo y equivocado poder hablar de la disposición afectiva y del comprender por separado; si hay algo que he encontrado fascinante de la filosofía de Heidegger es la cohesión presente en sus ideas: no hay forma de considerar una sin considerar otra idea, y así en un tramado elaborado meticulosamente del cual es difícil salirse. En mi fanatismo terminé queriendo ser parte de este.

Tengo la estúpida idea de creer entender a este señor y realmente tengo una confusión terrible de conceptos, de intersecciones y argumentos. Haré mi mejor esfuerzo por ser claro y decir con amplitud y claridad lo que intento decir. A modo de meta quiero aclarar que mi finalidad aquí será mostrar que quiero desecharme del miedo (entendiéndolo no en un sentido heideggeriano sino como pura indisposición afectiva). Pero no porque esté mal —no hay un juicio moral en esto—, sino porque me impide conocerme a mí mismo. Entonces, para empezar, yo veo el argumento de Heidegger como una bola de nieve que va hacia atrás, digamos que la bola empieza robusta y enorme al final de la colina, pero a medida que se repasa el lugar por donde esta pasó se la va despojando del recubrimiento hasta llegar a la manifestación propia de la cosa, que en mi ejemplo sería un copo de nieve.

Visto así, la disposición afectiva es una condición de la existencia o un existencial —existencial me parece creer que es una manera de referirse a una condición de la existencia de esa cosa— del ser del Ahí. El concepto del ser del Ahí es el resultado de un largo proceso en el que Heidegger muestra las estructuras constitutivas del ser del Dasein. En un jugada de largo aliento y maravillosa, Heidegger decide anunciarle a su lector quién es el Dasein, su respuesta lejos de ser sencilla y no menos poética por su dificultad ya se empieza a leer en las primeras páginas de su tratado al mostrar un interés particular por lo concreto, por lo que está-ahí, por ser cada vez yopor la preocupación casi insospechada pero necesaria de lo cotidiano del ser humano.

Pero no es el ser humano por sí mismo el que puede acceder a sus estructuras propias y existenciales; hacer esto sería retomar el camino cartesiano de las Meditaciones. Heidegger necesitaba una estructura desprovista de toda cualidad humana, pero que a la vez fuera muy humana para que pudiera acceder en virtud de su propia naturaleza a las estructuras que le constituyen; de forma que no sería un acto consciente sino un acto fenomenológico en el que las cosas se manifiestan por sí mismas. Esta estructura de la que echó mano el joven Heidegger es el Dasein.

Tuve la impresión cuando empecé con esta tarea infinita de leer a Heidegger de que el Dasein era una forma más ontológica de referirse al hombre, mi idea inicial aunque prematura tenía algo de sentido, pues el Dasein es después de todo, y lo digo con toda la incertidumbre posible porque probablemente esté equivocado, es el ente que soy yo cada vez ahí en el mundo. Es la instancia más concreta e idealizada del hombre existiendo. El giro existencial de Ser y Tiempo, me parece radica en que se
despoja al Dasein de toda responsabilidad y acción sobre su propia existencia. No es como el existencialismo sartreano donde el sentido de mi vida se basa en la calidad de los actos que hago; al contrario, muy al contrario, el Dasein tiene un mundo abierto e infinito, pero cerrado históricamente —percibo en mí mismo un tinte hermenéutico, menciono esto como clave de lectura para este pasaje—, en el que las posibilidades del existir mismo se presentan no por el mero hecho de existir, sino por el hecho de estar-ahí, de co-estar con los demás (no se habla de un convivir), del cuidado, del trato consigo mismo, de ser capaz él mismo en su naturaleza rara y fenomenológica de abrirse a sí mismo. Este sí me parece más bien el giro existencial de Ser y Tiempo: que solo en tanto se está ahí se conoce a sí mismo.

Con esto dicho Heidegger agrega que el quién del Dasein es el uno. El uno mismo, el uno que es todos y ninguno, el uno [el Das man], pero es un uno que depende del otro; para ser uno necesita de otro uno que a la vez es nadie. Dice incluso: «el uno se revela como el ‘sujeto más real’ de la cotidianidad» (§ 27 SyT). Y quiero agregar a mi discusión este pasaje de notable rareza y al que no agregaré ningún comentario:

«Sin llamar la atención y sin que se lo pueda constatar, el uno despliega una auténtica dictadura. Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y como se juzga; pero también nos apartamos del ‘montón’ como se debe hacer; encontramos ‘irritante’ lo que se debe encontrar como irritante. El uno, que no es nadie determinado y que son todos (pero no la suma de ellos), prescribe el modo de ser de la cotidianidad». (§ 27. La negrilla es mía)

Su modo de ser no es concreto ni tampoco universal, es un esencial existencial que constituye el modo de ser del ser del Ahí, cuya principal característica es estar abierto a sí mismo: o sea a sus propias estructuras. Así, finalmente, Heidegger llega a un punto crucial de la aperturidad del ser del Ahí crucial para la comprensión de sí mismo, si se me permite el atrevimiento del tal simplificación; a saber: la disposición afectiva.

La disposición afectiva tiene un correlato concreto que es lo cotidiano y lo más conocido, pero la jugada ontológica radica en que solo a través de sentirse anímicamente —que sería lo cotidiano y lo más conocido— el Dasein es capaz de encontrarse consigo mismo y con el mundo, de ahí que al aperturidad del ser provenga, según esto, de la disposición afectiva. ¿No es acaso bello esto, que pueda conocerme a mí mismo, según mi lectura fanática y práctica, en tanto conozco mis estados anímicos? Agrega Heidegger a este respecto: «El ‘mero estado de ánimo’ abre el Ahí más originariamente; pero también lo cierra más obstinadamente que cualquier no percepción» (§ 29 SyT).

Este pasaje me parece crucial en tanto que dice que la aperturidad del ser puede cerrarse gracias a uno mismo, y no tanto por el no percibir el mero estado de ánimo. Esto me parece fundamental en lo que intento defender aquí, puesto que una indisposición afectiva o el mal humor cierran dicha aperturidad. Heidegger lo pone en estos términos: «En este estado de ánimo [el mal humor] el Dasein se torna ciego para sí mismo, el mundo circundante de la ocupación se nubla, la circuspencción del ocuparse se extravía» (ibíd.).

Esto es lo que provoca el miedo en un sentido negativo (de indisposición afectiva) o como mal humor —no como del que habla Heidegger (para esto está el §30)— como disposición afectiva en mi existencia: me vuelve ciego ante el mundo, ante mí mismo, ante el mundo infinito de posibilidades que abre el estar-ahí. Quiero anotar que la posibilidad heideggeriana es lo que todavía no es real y lo que jamás es necesario. Se parece un poco al médium de la fe y del desear. Pero a diferencia de lo que yo pueda hacer, este se presenta gracia al estar-ahí.

Quiero despojarme del mal humor, de la angustia, del miedo. Pero ante dicha empresa queda abierta una pregunta, solo una: ¿Podré yo ser ese ser desnudo? Tal vez así pueda escucharme a mí mismo.

 

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