Sobre La Cósmica, Pollería y Cervecería

***Aclaro que nadie me pagó para que yo hiciera este texto, ojalá me hubieran pagado. Así hablaría bien de todos mientras yo me tapo en plata.

Después de comer los mejores churros de Bogotá (hablo, desde luego, de los siempre deliciosos churros de La Castreña en Chapinero) quedé entonado por comer más. Aunque claro, debo manifestar que ese día tenía una brutal y muy descomunal moncha: mi único propósito de la noche era devorar Bogotá entre esquinas. Si lo pienso bien, no fue particularmente una moncha en la que se come por satisfacer una pura necesidad de comer; no, hablo más bien de satisfacer el simple deseo de sentir —por sentir, claro— las texturas grasosas, olores saturados, y sabores salados de algunos alimentos; hablo de aquellos que le pegan con violencia a mi intestino y a mis hemorroides.

Jennifer cree que yo soy un anciano. Le creo. Estoy lleno de los achaques dignos de un hombre de 60 años, y del malhumor de uno.

Pero mi vida personal no es el asunto de mi breve texto. Aunque tenía que pasar por esta penosa revisión de mí mismo, son datos que deben ofrecerse antes de adentrarse en lo que pienso de este lugar: La Cósmica Pollería y Cervecería. Lugar donde hasta ahora he probado las mejores hamburguesas —hago alusión al término hamburguesa porque particularmente creo que estos, ‘sánduches’ son en efecto hamburguesas. Ya hablaré de este tema— de Bogotá. Aunque esto que acabo de decir suena pretencioso. Es cierto. Me corrijo: las mejores hamburguesas de mi vida. Tal vez así despojo el asunto de un posible fracaso de universalismo que no podré sostener.

Así que, continuando con mi tema, empecé a recorrer Bogotá por Chapinero luego de comer churros, yo salí con una bolsa repleta en mi bolsillo. Debo aclarar que previamente había escuchado comentarios de este lugar, así que mientras comía mis churros me dirigí a ver cuál era la maricada con este lugar. Así que mientras me limpiaba de los dedos el azucar del último churro que tenía en mi bolsa, me encuentro con su insípida fachada unicolor. Es más, confieso haber extrañado el rojo y amarillo digno de los asaderos de pollos. Estos colores no me instan a devorarme dos pollos; pero creo que indican con plena intención todo lo contrario: a mesura, a discreción, a intriga. Ahora bien, me detengo en la fachada de este lugar por que después de todo es un lugar donde fritan pollos.

Al pasar la puerta, me encuentro con que el lugar está repleto. Estaba tan lleno que había personas adentro esperando de pie a que se desocuparan algunas mesas; eso me molestó, pues tenían un segundo piso al que nadie tiene acceso. Aunque supongo que este remilgo es semejante a la queja de un niño que solo quiere comer rápido. A pesar de estar hasta las tetas se movía, así que seguí.

Me acerqué a la caja, no esperé mucho tiempo después de todo. Pedí la primera que me llamó la atención. Creo que mencionar esta parte de la historia en mi texto es importante porque el lugar donde está la caja es el mismo lugar donde está la cocina, la cual consiste en toda su extensión de freidoras. Así que esa noche, de ese cuarto multipropósito, emanaba el más digno calor infernal avivado por las almas de estos animales, y yo pensaba mientras me pedía la que quería: «esta cajera debe tener el culo sudado».

Recibí mi hamburguesa. Aquí quiero discutir con mi lector imaginario, el cual es un defensor de que estos productos son sánduches, y no hamburgesas. Mi respuesta es simple: usa pan de hamburgesa. Eso la convierte instantáneamente en una hamburgesa, puesto que la naturaleza del sánduche, creo yo, es ‘contener en dos panes con formas similares o idénticas’. Si me ocupo por la forma de la hamburguesa, esta es un pan redondo con un corte horizontal en toda la mitad de este, de forma que la parte superior y la inferior tienen texturas diferentes dadas gracias a curso natural del cocido en el horno. Lo que venden en este lugar, en este orden de ideas son Hamburgesas, y no otra cosa.

Ese día pedí una K-pop —no recuerdo qué contiene—, cuando la probé evidencié una perfecta armonía entre la combinación de sabores, la textura del pollo asado, y las salsas que la acompañan como un todo. Se me dirá ahora ¿por qué tanto Hype por un hijueputa trozo de pechuga frito? Bueno, no es cualquier pedazo frito, este está recubierto por, lo que me parece a mi, la capa con el grueso perfecto, el propósito de su perfección está en obtener un crujido que está lejos de aceptar su naturaleza grasienta, así su crujido apela a la frescura de sus elementos. Tiene el equilibrio vital entre frescura, grasa, y sabor.

Cualquiera pensaría que freir es un trabajo fácil. Yo respondería que sí es fácil, y citaría a modo de ejemplo a Moe quien se compró una freídora gigante en la que se asaba un búfalo en 40 segundos. Pero, ahora, lograr esta armonía entre sabores, texturas, temperatura, olores, y tamaño requiere entender la naturaleza del pollo frito. Miren, yo que soy tacaño pagaría gustoso una hamburguesa de este lugar para seguir congestionando mi intestino, así que con la plena seguridad de que esta gente entiende al pollo frito, se los recomiendo.

Me declaro fan del pollo frito de este lugar. Ah y finalmente: la cerveza está muy cara. O sea, yo no tomaría allá ni por el putas.

Calle 62 # 9A – 28 – Chapinero, Bogotá.
La Cósmica, pollería y cervecería.

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