Notas,Carta a M: ¿Dónde consigo parchesitos de nicotina en el cielo?

M:

¿Te cuento un secreto? Nunca me aprendí el credo para comulgarme, aún así aprobé la catequesis. Nunca te mostré las fotos de mi comunión porque me veía tan pero tan feo; estaba en esa edad donde tanto la cara como el cuerpo están en pugna contra cualquier valor o criterio estético. Me gusta decir que era bello como uno de los modelos de Arbus para suavizar el displacer que me causa ver esas fotos. Yo tenía once o doce años. En las fotos tengo un cuello tortuga blanco y me veía grasoso por el sudor. En mi defensa, imagínate tener un cuello tortuga en Bucaramanga. Me veía horrible, mi cabeza estaba completamente rapada y sabes cómo me gusta llevar el cabello largo y desordenado…por eso no te mostré las fotos. Algunas, no obstante, son graciosas porque aparezco emputadisimo quién sabe por qué motivos.

Otra cosa que quería contarte es que antes de comulgar uno debe confesar sus pecados      -ya lo debes saber-, es algo así como una purga espiritual antes de recibir el cuerpo de Cristo. Cuando tuve que hacer mi confesión inventé pecados que no cometí para ocultarle al cura los pecados verdaderos (no podía decirle al cura que me gustaba verle las piernas a los muchachos de once cuando jugaban Fútbol porque no sabía si era pecado pero de algún modo intuía que estaba mal ante los ojos de Dios. Deberían ser más claros con ese asunto porque ni en los diez mandamientos, ni en los siete pecados capitales leí: ‘No verás las piernas, el culo o el bulto de los muchachos de once’. Por el contrario, sí decían algo acerca del amor al prójimo, lo que yo interpreté como: ‘Amarás el bulto de los muchachos, de tus prójimos, por sobre todas las cosas. Amén’).

Además, me resultó fácil disimular el hecho de no haber memorizado el credo porque era el niño favorito de la catequista. Era su consentido; le gustaba cómo leía y comentaba las enseñanzas del curso. Además yo le contaba que me habían llamado Joseph por José, el niño que interpretaba los sueños, el que fue vendido como esclavo por sus hermanos en Dotán y que luego se convirtió en el faraón de Egipto (eso está en el Génesis, del versículo 36 o 37 al 51).  Eso le encantaba a ella y por eso logré pasar desapercibido y comulgarme. -¿Y por qué no le pusieron José, como es en español?- Me decía ella mientras se comía un pastel de pollo con ajicito y una Hipinto de piña .  ¿Qué por qué no me llamó José? Hummm -Le respondía yo con picardía, sonriéndole y mordiéndome la punta de la lengua, como quien va a hacer una maldad.-Bueno señora Ingrid, es que a mi mamá le gusta el rock en inglés y Joseph es el equivalente de José para los gringos. En cortico se dice Joe, como a mi tío Hernando le dicen Nando, a los Josephs allá le dicen Joes. Dígame Joe que ya hay confianza -Le decía con grandilocuencia, robándole gaseosa, riéndome con ella.

Si bien es cierto que mi mamá me llamó Joseph por esa historia, nunca entendí por qué no me nombró José. No creo que haya leído la biblia en inglés porque ella no sabe inglés. ¿Esnobismo? Quizá,  ¿mamá era estalinista? Probablemente, ¿le gustaba DiMaggio? Puede ser, ¿era admiradora del senador Mcarthy? Imposible, le gusta Spartacus y el guionista de esa película fue perseguido por el macartismo. Trumbo hizo parte de los diez de Hollywood, yo te conté… humm, me parece que mi explicación infantil es la más verosímil por el momento. Además, no sé si mi mamá sepa quién es el guionista de Spartacus y no creo que le importe.

En cualquier caso, no me aprendí el credo para comulgar,  le mentí al cura, mastiqué la hostia -la hostia no se mastica- y además andaba de lujurioso… eso sí que era un pecado, yo lo sabía…pero qué culpa, esas piernas fuertes de los muchachos -las piernas de los chicos blancos, casi pálidos, eran las más lindas- y yo en las puertas de mi preadolescencia con las hormonas famélicas cociéndose en ese calor infernal bumangués. Se me ponía como lanza de astillero sólo con ver los pantalones de sudadera de los muchachos de 11-04  amontonados en alguna esquina de la cancha donde ellos jugaban. A veces quería robármelos para dormir entre ellos y olerlos toda la noche; ponérmelos, masturbarme sobre ellos, usarlos para dormir, venirme en sus bolsillos, besarlos y no lavarlos nunca… se iría el olor que dejaban sus traseros sudorosos y sus máquinas divinas. Qué olor tan delicioso. Vaya chicos los que estudiaban en mi colegio.  En ocasiones, durante los partidos, los muchachos se quitaban la camisa y se las daban a sus cuadres, a esas hembras enormes de pechos bondadosos disimulados en jardineras azules. Ellas les cantaban porras y los elogiaban con besos y gritos festivos esperando que el colegio se vaciara para que sus varones las llevaran de la mano a cualquier rincón oscuro, a cualquier salón abierto, a algún baño maloliente, a alguna banca de esos enormes parques, o a los talleres de mecánica para que -con pretendida inocencia -esas bestias sudorosas y enormes  desflorasen su sexo estúpido y las engastasen, mancillasen y demoliesen. Así le celebraban las chicas los partidos a los muchachos, ganasen o perdiesen. Las porras eran sólo un rito de iniciación. No importaba cual fuese el resultado.

Yo siempre iba a ver los partidos, especialmente los nocturnos, porque a esa hora ellos estaban menos cohibidos y había menos vigilancia, lo que les permitía pavonearse para impresionar a sus admiradoras, ser más explícitos que de costumbre. Se quitaban las camisas, se compraban esa agua de paquete que para aquel entonces valía 200 pesos y se empapaban la cara y las axilas, se rociaban todo el cuerpo —recuerdo particularmente a un negro valiente e indiscreto que se lanzaba chorros bondadosos dentro de su pantaloneta. No te imaginas como me moría por dentro cuando le veía el paquete al moreno hermoso marcado entre un ciclón de destellos blancos, azules, y cuando tenía suerte, transparentes—. En fin, los muchachos jugaban en esa gran cancha de tierra siempre a eso de las 6:30 de la noche, cuando ya las rutas se disponían a irse y los vendedores buscaban a niños ingenuos y glotones para venderles raspados, naranjadas,  mango biche, bolis o vikingos; para venderles radios, rayos láser, pollitos pintados de colores, muñecos de goma y arcilla, maras, tronadoras, cartas de Yu-gi-Oh!, de Dragon Ball Z, de Pokemón, de Ben 10, entre muchas otras chucherías que para nosotros representaban un tesoro, además de ser el indicativo de poder adquisitivo y popularidad de cada miembro —principalmente masculino— del salón.  Yo vivía a veinte minutos del colegio, de modo que podía quedarme mucho tiempo sin afanes de rutas, ni buses, ni de largos trayectos —eso cambiaría porque me mudé al año siguiente a un conjunto ubicado en el área metropolitana de Bucaramanga—. Entonces, sin ningún afán, me sentaba en las gradas y los veía lucirse con el balón, abrazarse, tocarse, gritarse, discutir, manosearse, mientras eran bañados por la luz azul de los postes que se erigían impacibles al lado de la cancha de fútbol. Tan azules, tan silentes, tan condescendientes.   De vez en cuando alguno de esos grandes masturbadores se encaraba con los demás cuando había alguna falta o había algún empujón, uno que otro insulto, nada fuera de lo normal cuando uno es un ‘hombre hombre’. Era usual atacar la virilidad del oponente o del miembro del mismo equipo cuando hacían alguna mala jugada o se ofendían por cosas mínimas.

Hacia el costado derecho de la cancha había un terreno con muchas guaduas, allí los chicos iban a orinar porque el baño estaba muy lejos. Créeme, el colegio era inmenso. Todas las guadas apestaban a orina. Cuando yo iba a orinar allí veía a uno que otro chico orinando. Me gustaba el olor de la orina fresca, me gustaba ver cómo se sacudían el miembro al acabar. Era todo un espectáculo. Siempre me ha parecido bello ver a un hombre orinando en espacios públicos.

Una vez uno de los muchachos me hizo charla y me preguntó si me gustaba el fútbol, yo le respondí que no, que yo los veía jugar porque me sentía solo —en parte era muy cierto, no tuve muchos amigos de pequeño-—. Eventualmente el chico se conviritó en un amigo mío y me gastaba Gansitos cuando me encontraba por ahí en el descanso. Un gran muchacho…corría muy rápido, era bueno para matemáticas y tenía linda sonrisa.  Tenía también una novia que se llamaba Sandra; usaba brackets y se ponía los cauchitos de diferentes colores, le gustaba el dibujo técnico y tenía hoyuelos. -Linda la Sandrita, me decía orgulloso. ¿Y usted no tiene nadie que le guste? ¿alguna nena por ahí? -Me preguntaba como quien quiere un secreto sucio. —No Fabián, no me gusta nadie… — (la verdad me gustaba Andrés Mogollón, un chico que se lanzó de personero…yo voté por él pero perdió).

En todo caso ya ambos sabemos que no iré al cielo. No, San Pedro no me abrirá las puertas. Total, ¿qué necesidad hay de ir al cielo católico? ¿no te parece aburrido? Siento que pasar la eternidad en batas blancas debe ser jartísimo porque las nubes se ven muy frías y deben hacer ventiscas horribles. Imagínate verle las bolas a algún santo en medio de una tormenta, que el viento torrencial le levante la túnica al incauto y exponga al escarnio celestial sus vergüenzas.  Ver eso debe ser traumático o supremamente tentador —dependiendo del santo claro, por ejemplo qué desastre vérselas a Santo Tomás de Aquino, pero por el contrario, que rico que una de esas ventiscas desnude a San Gabriel Arcángel que es hermoso y se parece mucho a Antinoo— y no creo que eso sea conveniente, porque qué pereza vivir la eternidad con ganas de comer santo o traumatizado. Otra cosa que pienso es que el cielo debe oler a incienso, a romero, a hospital y que mareito más maluco pasar la eternidad entre tanto boticario inquisidor. Perdón, prometo retomar.

Como no creo que entre al cielo me encuentro en un dilema, pues tampoco deseo vivir en el limbo, ni en el purgatorio (¿son lo mismo?) ni mucho menos en el infierno. Para lo anterior creo tener una solución un poco simple: yo tengo la esperanza de que tengamos el cielo que queramos, que contenga los cortos intervalos que hayamos tenido de extrema felicidad, con las cosas más puras que hayamos visto visto o imaginado y los sentimientos más bellos que hayamos sentido. Lo anterior lo sostengo con algo irrebatible: un sueño que tuve. Ese sueño es lo más cercano que puede haber al paraíso o a lo que se siente estar en él. Lo que sentí mientras lo soñaba y lo que siento al recrearlo en mi mente es algo divino, indescriptible, justamente como debe ser vivir en la tierra prometida.

Te lo cuento: Soñé que estaba caminando por un sendero de tierra blanca, una vía destapada en medio del campo que parecía haber sido adoquinada porque hay restos de adoquines que sobresalen de los bordes del camino o se cobijan tímidamente con una capa delgada, casi transparente de tierra. Bueno, al lado izquierdo del sendero hay puro monte…verde y profundo, y hacia el costado derecho hay cultivo de café que se pierde en el horizonte. Al final del sendero hay una casita campesina con una chimenea humeante, la casa es celeste o azul aguamarina y está cubierta de hortensias, de muchas clases de orquídeas, de rosas blancas, narcisos amarillos, lirios púrpura y amapolas. El cielo era azul claro y habían muy pocas nubes, nubes que se desflecaban destejiendo el cielo, como retacitos de algodón deshilvanándose, desperdigados en seda azul; y el monte soplaba una brisa fresca que arrullaba la plantación de café y consentía mi cuello para refrescarlo. Yo caminaba por el sendero dirigiéndome hacia la casa -me dirigía a almorzar- mientras un colibrí me zumbaba en el oído izquierdo y me consentía el cabello.  El sol se estaba ocultando tras el horizonte, tras los cafetales, e iluminaba todo con fuerza, como deseando llamar mi atención,  como si se estuviese despidiendo de mi, de los cafetales y del monte. Bajo ese sol resplandeciente el café se convertía en oro, y las plumas tornasol del colibrí brillaban como brillan los tesoros cuando les cae la luz.

Detrás de mí, rodaba despacio un carro azul aguamarina, probablemente un Cadillac El dorado modelo 58, y dentro del auto estaba mi abuelo conduciéndolo, quizá solo había quitado el freno y lo había puesto en primera dejando que la leve inclinación del sendero lo impulsara porque yo no escuchaba el sonido del motor.  Él me ve, me saluda con los ojos y luego enciende la radio y suena un tango, un tango que jamás he escuchado pero en el sueño yo lo conocía y lo tarareaba ¿o era un pasodoble?  El colibrí zumbaba la canción y me consentía el cabello, me daba leves piquetes en el oído derecho y luego se posaba sobre mi hombro izquierdo. Cuando giré la cara para buscarlo vi a mi abuela a mi lado derecho  tarareando la canción con nosotros. Las ruedas del auto pisando la tierra seca y las piedritas del camino se escuchaban como parte de la canción, así como el sonido del río furioso que se ocultaba tras el monte adornaba la voz del cantante. Si, recuerdo que se escuchaba el agua golpeando con violencia las piedras del río…ese debía ser un río caudaloso y enorme.  Mi abuela me sonríe;la luz del sol cae sobre sus ojos que parecen dos granos hermosos de café tostado y resplandeciente que destellaban pequeños brillitos dorados. Tenía un vestido verde claro con margaritas estampadas, unos aretes y un collar de oro. Yo le doy un beso en la mejilla y de nuevo miro hacia la casa. -Allá nos espera alguien niño- dijo mi abuela, como si se tratara de una sorpresa. Ella me sonríe y yo la agarro del hombro y le digo: -Vamos pues viejita que hace hambre. Me señala hacia el horizonte y entre los cafetales está Yoko corriendo, corría hacia la casa y luego se detenía para esperarnos mientras movía su cola retorcida y respiraba como solo respiran los pugs, con ese ronquidito especial y el hocico abierto, exhalando por la boca con leves jadeos. Yoko iba y venía constantemente, corría por el sendero, se metía entre los cafetales, y todo lo hacía muy rápido porque nosotros estábamos caminando lento, muy lento y ella estaba ansiosa por llegar a la casa. Yoko corría hacia la casa, se detenía mirando hacia atrás esperando un rato, y luego volvía hacia nosotros para luego volver a correr en dirección a la casa, algunas a veces metiéndose entre los cafetales, otras metiéndose entre el monte y otras siguiendo el sendero.

El sueño se acaba allí. Es el sueño más bello que he tenido y las palabras no le hacen justicia. Lo recuerdo muy vívido porque cuando me desperté me paré inmediatamente a escribirlo con lujo de detalles para no olvidarlo. Nunca he podido escribirlo de la manera en la que me gustaría, supongo que es falta de práctica, o de talento, o ambas. Pero te lo describo así, muy detallado – en lo que me es humanamente posible- para que te hagas la imagen. Nunca supe a quién esperábamos y eso hace al sueño mucho más bello. Sólo sé que iba a almorzar con esa persona y que mis abuelos me acompañaban. Pudo ser mi mamá o mi hermana, o Heidegger, o Whitman, o Donna Summer, o Álvaro Mutis, o Diana Ross, quién sabe, pero cuando me desperté pensé en ti, de modo que siempre he pensado que eras tú quien nos esperaba en la casita de mi sueño.  ¿Qué hacías mientras? ¿dormías como cuando yo llegaba a tu casa temprano y subía ansioso a despertarte con besos, o cogiéndote el culo, o abriéndote las cortinas, o lamiéndote la cara para fastidiarte? . Si alguna vez te has soñado esperando a alguien en una finca, o cerca de un cafetal, si allí donde estabas había un sol de Midas y escuchabas algún tango que sonaba de lejos, si veías un carro color aguamarina mientras esperabas recostado en una silla mecedora, si escuchabas los ladridos mínimos de un perro enano o si esperabas a alguien para comer mientras dormías en una casa de campo, si es así, seguramente estuviste en mi sueño.

¿Podría Dios, en su profunda benevolencia, en su omnipotencia, perdonar mis pecados y darme la oportunidad de crear mi propio paraíso?¿podría él encarecidamente decirle a San Pedro que me abra la puerta de los cielos para yo hablarle y pedirle con fervor que me deje hacer mi propia eternidad, que me permita emanciparme de él sin abandonar la bienaventurada calma de los justos y los buenos? Y, si por ventura, me sea concedido tan decoroso favor, ¿te gustaría alguna vez visitar mi paraíso cuando ambos hayamos muerto? No es necesario que te quedes ahí por siempre, sería muy egoísta de mi parte querer eso y tú debes querer hacer tu propio paraíso. Yo podría interceder por ti ante la mano severa de Dios todopoderoso que escucha mis súplicas y cede ante los deseos y las encomiendas que le sean encargadas siempre y cuando sean puras. Ambos sabemos que tienes tan poco tacto con los temas divinos. Yo te ayudaría, sólo si tu quieres. Si Dios te permite crear tu paraíso ¿me invitarías? Prometo no hacer mucho ruido, ni mucho desorden, prometo botar las cenizas del cigarrillo en el cenicero, y no tapar la gaseosa para que se le vaya el gas… siempre fui muy egoísta y nunca me gustó tomar gaseosa sin gas tanto como a ti;  prometo no teclear muy duro cuando busque una canción en tu computador, prometo no lanzarte polillas para asustarte, prometo llevarte golosinas, esos Laffy Taffy que siempre te prometí pero nunca pude darte porque no los encontré; prometo llegar puntual, prometo no agarrarte el culo mientras subes las escaleras, ni escupirte desprevenido para sacarte la piedra, prometo no hacer chistes sobre el tamaño de tu nariz, ni morderte muy duro, prometo no ser tan brusco, prometo no actuar como un niño, prometo no hacer pataletas, prometo no dormirme cuando veamos juntos una película, prometo no reirme de ti cuando debas pronunciar alguna palabra con la erre o la doble erre, no volveré a decirte Monsieur Thibaud o el judío errante, prometo llevarte siempre una Quatro 1.5 litros fría y sin gas para que calmes tu sed vespertina, prometo llevar algo de comer ¿hamburguesas de la Perrada? ¿Papa John’s? ¿Monapizza? ¿J&R? Ya ni sé lo que te gusta. Si te encuentro dormido no te molestaré, me portaré bien, lo juro. Sólo invítame de vez en cuando.

En fin, en mi caso ya lo sabes: las puertas de mi cielo, las puertas de esa finca, jamás estarán cerradas para ti. Pásate de vez en cuando y nos visitas, eres más que bienvenido. Si vienes,  deja los zapatos en la entrada y entra descalzo que la tierra caliente se siente bien en los pies, además no tiene objeto tener zapatos cuando uno vive en la eternidad, tampoco sería práctico porque en las visitas te invitaría al río que se oculta tras el monte, buscaríamos la pequeña cascada oculta tras algún palo de mango, o un naranjo seco y allí charlamos sobre lo que quieras mientras nos bañamos…por eso no debes entrar a la finca calzado. De vuelta, cuando estemos tiritando de frío y ya el monte se vuelva hostil por nuestra presencia, bajaremos a la casita y mi abuela nos preparará tinto como sólo ella lo sabe hacer o un canelazo bien fuerte para calentarnos la sangre, nos hará arepa de maiz pelao’ y chocolate negro -yo sé que no te gusta el chocolate negro pero debes probar el de mi abuela, nunca lo hiciste, nunca te llevé-. Caerá la noche y ella bajará con mi abuelo al pueblo más cercano para ver películas de María Félix o de Pedro Infante, o de Cantinflas, o a vender el café que cultivamos, o irán a las ferias para celebrar su eternidad.  Nosotros los despediremos mientras se van en su carro y dejan el aire oliendo a neumático quemado, a gasolina, ahogándonos con el humo del exosto. Nos sentaremos en las mecedoras del porche, escuchando a los grillos y las ranas cantando a oscuras, escucharemos los sonidos del monte y la brisa nocturna y cálida golpeando cariñosamente los cafetales. Tendremos a Yoko durmiendo cerca, te reirás de sus ronquidos y mientras vemos las estrellas adornado al cielo nocturno como pequeñas perlas que caen inocentes sobre un lienzo azul, sobre el terciopelo nocturno, pondremos música, la que tú quieras ¿un poco de TMs? ¿Qué música te gustaría escuchar en el cielo?. Allá, en mi pequeña finca debe haber aguardiente, tú solo trae los cigarrillos, acá no habrán porque mi abuela no me deja fumar y no creo que cambie de parecer después de muerta. Mucho castigo tan berraco no poder fumar en la eternidad ¿cierto? Humm…¿qué se le hace? Podremos fumar cuando los viejos hayan ido… yo te dejaré siempre el último cigarrillo. Lo prometo.

Oye, una pregunta… ¿sabes en qué parte del paraíso venderán parchecitos de nicotina?

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