Contradicción

Ayer no me sentía yo. Hoy tampoco me siento yo, y probablemente mañana no me sentiré yo. ¿Qué pasa si nunca más me vuelvo a sentir? ¿Dejaría de ser yo por no sentirme? O ¿no sentirme me haría ser yo? Si fuera así, no sentirme sería entonces una nueva forma de verme a mí mismo, y de ser yo.

Ayer mientras caminaba sentía que mis pantalones no eran míos, que mis pies eran ajenos y extraños. Me veía a mí mismo mientras caminaba, tenía un cigarrillo en la boca, lo prendí a pesar de que odio fumar: fumé. Pero incluso la idea de desconocerme entraña la sensación de que tengo una idea clara de mí mismo, cosa que no es del todo cierta. Ahora que lo pienso, esto me arroja a una paradoja en la que pensé hace dos años cuando no lidiaba con mis problemas como lo hago ahora.

Esta paradoja, en su momento, consistía en que no podía odiarme a mí mismo porque odiarme implicaba saber, por un lado las cosas que me gustaban de mí mismo y por otro lado las que no. Pero yo no era capaz antes, ni ahora, de saber las cosas que me gustan ni las que me desagradaban, luego no era posible odiarme.

Esto ahora mismo me sabe a mierda. No quiero saber de paradojas, no quiero saber de lógica, ni de completitud, ni de Gödel, ni de Davidson, ni de Quine, ni Wittgenstein, ni de nadie. No quiero adentrarme en laberintos inútiles por el puro placer de salir de ellos. Esto ya no tiene sentido ahora mismo. Incluso, la idea de conocerse a sí mismo me parece una bastante intranquila y ansiosa.

Es más, la idea del camino y no del final, me parece igual de controladora a querer saber ‘quién es uno’. Esta idea es digna de los psicópatas medievales que construyen palacios para conservar una idea clara de sí mismos. Construidos meticulosamente. Cada piedra es significativa, su ubicación, inclusive. La obra en su totalidad es un recinto que dice algo de su artífice. Me niego a creer que la vida es un palacio medieval.

Prefiero ser el mendigo medieval. Aquél que muere de hambre y enfermedad en los caminos: solo, escupido, sucio, mutilado. Prefiero ser el hombre desnudo y barbado al que nadie quiere tener cerca, pues tienen miedo de su aspecto, tienen miedo de que los robe en un arrebato de demencia, no lo quieren porque su olor nauseabundo los espanta. Prefiero el olvido de la sencillez.

Tal vez por eso me desconozco ahora, porque soy un mendigo medieval perdido. Aunque no creo que los mendigos, en general, estén perdidos, aun siquiera en los caminos de su cabeza. Así, pues, vago con la cabeza agachada pensándome a mí mismo como un mendigo. Deambulo por calles atiborradas, por el mercado persa en el que se ha convertido la séptima: «¡Libros, libros! ¡A solo mil, a solo mil! ¡Llévelos, Llévelos!». No importa esto o aquello. Solo importa mirar.

¡Oh, si al menos mendigara como los demás! Si al menos mendigara amor, dinero, amistad y trabajo. Si al menos mendigara el cariño de alguien más, tal vez así mi vida sería menos triste. Pero el amor no es algo que pueda pedirse como se pide limosna.

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