La eufonía de las naranjas: Comentario acerca de ‘De parte de las cosas’ por Francis Ponge.

Hoy les quiero compartir un comentario que escribí sobre un poemario que me gustó mucho, no es una reseña como tal, es algo que escribí para mi diario comentando lo que se me cruzó por la cabeza mientras leía el texto. Escribiendo esta entrada me di cuenta de cómo leer diarios, cartas, memorias y reseñas me ha afectado —yo inicié mi proceso literario leyendo principalmente escritura íntima y reseñas de revistas latinoamericanas de literatura y arte—.

Con este Playlist escribí esta entrada:

https://open.spotify.com/user/22znlf33kzneoat6amzlv4vmy/playlist/16QA8Nt66MxcgJc1jtYrnq?si=VipM6HnOQRq5W9v_r3QZJQ

Comentario acerca de De parte de las cosas por Francis Ponge

La contemplación de los objetos precisos es también un reposo, pero es éste un reposo privilegiado, como el reposo perpetuo de las plantas adultas, un reposo que carga frutos.

Razones para vivir Feliz, Francis Ponge.

Mi padre solía construir laberintos en el patio del apartamento con grandes láminas de acrílico y tapas de cartón. Solía decirme: —Bueno Pipe, ya sabes que no puedes salir del cuarto hasta que yo no vuelva por ti—-. Yo accedía con desconfianza, con una presión cacofónica en el corazón de la que hoy a mis veinte años aún no me he liberado, siempre siento esa presión congelante y oscura cuando tengo miedo -y suelo tener miedo de manera constante-. Una vez me ubicaba en la entrada del laberinto, él la cerraba con una placa de plástico más pesada y más grande que las otras. Si, sus laberintos no tenían salida.

El objetivo del juego era llegar al centro de la construcción, allí él dejaba a Christopher —un orangután de felpa que aún conservo—, y una manta blanca estampada con la imagen de Dino y BamBam de Los Picapiedras pescando en un lago, de modo que cuando yo llegaba al centro podía quedarme jugando con Christopher, y en dado caso que me diera sueño podía dormir allí mismo. Las grandes láminas de acrílico no me permitían ver nada del exterior, eran muros gigantes, blancos, monumentales placas adustas que me vigilaban impacibles y que en cualquier momento me castigarían por cualquier falta que yo cometiera. Pasaba las tardes yendo del punto de partida al centro innumerables veces con Christopher bajo mi brazo. Para evitar que fuera al baño mi padre me ponía pañales, y para evitar que lo llamase cuando tuviera hambre, dejaba paquetes de galletas y jugos de fruta en el centro del laberinto. Nunca tuve que hacer uso de los pañales, siempre esperaba que me sacara del laberinto para ir al baño. Mi jugo favorito era el Hit de mango, mis galletas favoritas: las Glacitas de toffee.  Sabía que era hora de irme a la cama cuando sentía que la tablilla de plástico de la entrada se caía por una patada mal dada o un empujón confuso.Papá me llamaba desde la entrada, y yo salía sujetando fuertemente a Christopher mirando siempre hacia el piso, esquivando su cara. Al regresar por mi, él caminaba tambaleándose; yo no le permitía alzarme, me desagradaba su olor, su boca apestaba a los dulces de anís que mi abuela me ofrecía y yo nunca aceptaba. Camino a mi habitación, al pasar frente al cuarto de mis padres, veía a mamá tendida en la cama boca abajo, durmiendo. Nunca podía despedirme de ella.

Una noche, estando en el laberinto, tropecé. Caí sobre las láminas que al unísono se fueron al suelo y dejaron la terraza descubierta, desnuda en su nocturna humedad, en su silencio espeso. Estuve petrificado por un momento, me sentía desorientado y miraba hacia todas las direcciones sin saber qué hacer. Decidí entrar al apartamento e ir a mi cuarto. Todo estaba oscuro y sólo podía ver la luz que proyectaba el televisor del cuarto de la sala desde el pasillo. Las voces del televisor eran ahogadas por quejidos, por lloriqueos leves, sollozos intermitentes. Me acerqué a la sala y vi a mamá llorando, recostada en el suelo, en posición fetal, mientras papá la golpeaba; pateaba su vientre, la escupía, pisaba su cabeza. Al verlo, solo pude pensar en salir del apartamento. Corrí como corría en clase de educación física, siempre fui un buen atleta. Mi padre corrió tras de mí, pero yo me las arreglé para salir antes que él del apartamento y llegar al puesto del guardia del conjunto mientras gritaba que mamá moría. El guarda llamó a la policía, mi padre llegó, discutió con él, ¡No sea sapo!- Le gritaba mi papá enrojecido por la ira y el temor. Algunos vecinos salieron de sus apartamentos y bajaron hasta el lobby para averiguar qué ocurría. Uno de ellos golpeó a mi papá. Una vecina me dejó en su sala mientras venía la policía, le pedí que me dejase usar el teléfono. No sabía qué ocurría con mis padres allá afuera. No sabía ni dónde estaba mi mamá ni cómo estaba. Llamé a mi abuela; y mientras la esperaba hice lo que debía hacer desde que vi esa escena pero que por valentía o por miedo postergué: llorar, llorar para cubrirme de mocos la cara, gritando fuerte; lloraba porque no entendía nada, lloraba porque pensaba que mamá estaba muerta, lloraba porque había perdido a Christopher para siempre, porque ocurría todo pero yo no era capaz de comprender nada. -Quiero a mi mamá-, le gritaba al mundo y a la señora que me consentía y me mostraba algo que no podía ver porque tenía los ojos muy mojados y casi que cerrados. La señora llamó de nuevo a mi abuela y me dio agua y unas galleticas de leche para calmarme. Me había secado los mocos y me había dado un beso en la mejilla, luego bajamos juntos al lobby porque mis abuelos estaban por llegar.

El Opel Rekord P2 escarlata de mis abuelos llegó unos minutos más tarde, la luz de los postes que caía sobre la superficie del auto hacía que brillara como una esfera gigante de sangre coagulada. Parquearon el carro en la calle del frente y mi abuela fue por mí a la recepción, me tomó de la mano y me dijo que espera dentro del ‘Pichirilo’.  Vi a mis abuelos hablando con la policía y volví a ver a mis padres, estaban discutiendo; mi abuelo le gritaba a mi papá, mi abuela lloraba, mi mamá estaba parada entre ellos pero no decía palabra, sólo miraba al suelo, a las luces de la sirena de la patrulla, distante a todo, con la mirada perdida. Era difícil comprender lo que pasaba y como todo lo vi desde la ventana del parabrisas pensaba que era una película, que el vidrio era la pantalla, que ellos eran actores, que era una película de terror: —Nada es cierto-, le decía a Cristopher mientras lo sujetaba fuerte—siempre lo tuve conmigo pero nunca me fijé hasta ese momento—.  Mi mamá tenía la cara morada, entumecida, los ojos rojos e inflamados, los labios hinchados y se notaba que se la había lavado para quitarse los hilos de sangre que se secaron en su surco nasolabial. Se fue en un taxi, al parecer ella no quiso irse con nosotros. Nunca supe a dónde se fue. Mis abuelos volvieron al auto y me llevaron a su casa. Mi padre permaneció discutiendo con la policía, ahora la película se proyectaba desde el parabrisas trasero mientras nos alejábamos de ese sitio; un sujeto ebrio en calzoncillos y camisa blancos discutía con la policía a la salida de un conjunto residencial. En la puerta de la recepción los vecinos le gritaban a la policía: -–¡llévense a esa rata! ¡Hijueputa! ¡cobarde!¡gonorrea, métase con un hombre!.Las mujeres de las casas aledañas se asomaban por las ventanas, salían y comentaban lo sucedido en la acera del frente y algunas aprovecharon la escena para sacar a sus perros a cagar en el sardinel y mearan en algún poste. Toda la era escena musicalizada por los gritos de la gente, el murmullo de las viejas, el sonido de las sirenas, el olor a gasolina del pichirilo, el ruido de su motor, mi respiración, las joyas de mi abuela moviéndose y tintineando porque estaba hablando y ella habla con las manos…todo en una especie de cámara lenta que se disolvía en un fade out.

Me quedé en casa de mis abuelos y dejé de ir a la escuela por un tiempo. Pasaba las tardes escuchando tangos en el tornamesa con mi abuela y leyendo pasajes del génesis o haciendo dictados ortográficos con mi abuelo. Todo parecía transcurrir en un sueño caluroso y angustiante. Parecía que todo sucedía con una especie de letargo, con una lentitud refulgente, la vida no tenía ganas de ser vida y las horas transcurrían a regañadientes, de mala gana. El libro de dictados ortográficos se llenaba de polvo mientras practicábamos las lecciones con mi abuelo en el comedor;  las viruticas que caían desde el techo somnolientas eran arrulladas por la luz que entraba desde la ventana y se acostaban sobre alguna letra de la página, sobre algún ejemplo de una palabra sobreesdrújula. Las voces eran ecos, el aire era denso, todo me era ajeno.

Días o semanas después me llevaron a Santander, a una finca en el Socorro. El tiempo en la finca me separó de los eternos minutos negros en los que recordaba el escupitajo de mi papá arrastrándose como una babosa maligna por la cara de mi madre, devorándole las lágrimas y metiéndose en la comisura de sus labios. Una babosa pestilente, hedionda, de las que se pegan a los cafetales y los secan hasta matarlos.  Esas babosas las vi muy seguido en la finca porque allá cultivaban café; son feas, pardas,de una textura desagradable. -Una vez, mientras arrancaba una mata para adornar un florero, en el tallo me esperaba una. Ya imaginan el asco que me dio cuando la aplasté con la mano-.

Durante mi estadía en la finca me quedaba largas horas en un naranjal ubicado cerca de un arroyo. En esas tardes verdes, recostado sobre un palo de naranja, me sumía en largos sueños placenteros…allí no sentía miedo. Disfrutaba del olor de las naranjas caídas que se descomponían  en colores grisáceos y verdosos, cubriéndose de moho. Me trepaba en los naranjos y buscaba las naranjas más maduras, las presionaba con los pulgares extirpándolas para sacar la pulpa y comérmela. Mi fruta favorita es la naranja y no creo que sea por su sabor, sino por lo que representa para mí: la ausencia de miedo. En los naranjales no había motivo por el cual temer, quizá una que otra picadura de hormiga, o la patasola, o quizá las brujas de monte, pero eso era todo. Descubrí en la sencillez del panorama campestre la posibilidad de vivir sin temor, una especie de reencuentro con una inocencia y belleza en el mundo que creí perdida después de presenciar el horror. Entendí, mucho tiempo después, que la profunda decepción que sentí en mi casa al ver los muslos de mi madre lacerados, su cara golpeada, pudo ser curada buscando alivio en la voz de los objetos, en el silencio y la contemplación. 

La voz del alivio era la voz de los cafetales, del café negro del desayuno, de las arepas amarillas de maíz pelao’, de la carne oreada, de las naranjas, de las yucas, las mandarinas, el tabaco, las limas, del agua del arroyo golpeando las piedras, del canto los grillos, del humo del cigarrillo que se fumaba mi tía Elidya en las tardes, o el cielo cubierto de estrellas arrullando el Cañón del Chicamocha, o en el altar que le tenían a San Gregorio, etc. El mundo no necesitaba explicación o justificación alguna, no necesitaba de mis maquinaciones nocturnas recordando el incidente. El ‘¿por qué?’ no existía para ningún acontecimiento; no había nada que justificar, todo era belleza en su estado máximo de pureza y siempre he pensado que la belleza no necesita de palabras, de modo que no tenía que ‘pensar’, sólo sentía, sólo observaba. Ponge parece haber escuchado mi cariño por las naranjas y escribe en De parte de las cosas: “…y uno queda, por lo demás, sin palabras para confesar la admiración que merece la envoltura del tierno, frágil y rosado globo oval dentro de ese grueso secante húmedo cuya epidermis extremadamente fina pero muy pigmentada, acerbamente sápida, es lo justo bastante rugosa para fijar dignamente la luz sobre la perfecta forma del fruto” (el énfasis es mío).

Ponge fue un poeta que vivió dos guerras mundiales y necesitó descubrir un nuevo ‘humanismo’ que no proviniese de la crueldad humana, de su cruenta naturaleza, sino que tuviera una fuente distinta al pensamiento racional, instrumentalizado, tecnificado que desembocó dos guerras mundiales en Europa, y lo encontró observando la pureza de los objetos. Ponge creó un humanismo que puede surgir del desnudo pudor de los caracoles que nos enseñan a volver nuestra vida una obra de arte:

Y ése es el ejemplo que nos dan —los caracoles—. Santos, hacen obra de arte de su vida -obra de arte de su perfeccionamiento. Su secreción misma se produce de tal manera que se sujeta a forma. Nada exterior a ellos, a su necesidad, a su menester, es su obra. Nada desproporcionado -por otra parte- a su ser físico. Nada que no le sea necesario, obligatorio.

Así señalan ellos a los hombres su deber. Los grandes pensamientos vienen del corazón. Perfecciónate moralmente y harás bellos versos. La moral y la retórica se reúnen en la ambición y el deseo del sabio.

Pero santos en qué: en obedecer con exactitud a su naturaleza. Conócete primero a ti mismo. Y acéptate tal como eres. En armonía con tus vicios. En proporción a tu medida(…).

Los caracoles.  

El autor  nos invita a escuchar todo lo que tienen que decir los entes de la naturaleza porque los escuchamos muy poco. Pensemos en el título:De parte de las cosas,  Ponge no habla de las cosas, no les está imponiendo un significado,él no es un taxónomo y no vino a hacer clasificaciones semánticas de los objetos del mundo, no es un nominalista medieval, nada de eso; las cosas hablan a través de él, Ponge las escucha, las contempla y hace un registro de lo que ha podido captar, es como fenomenología convertida en poesía. Él es un mensajero o un documentalista de los objetos orgánicos e inorgánicos, de los naturales y artificiales, de los vivos y los no-vivos. Éstos van revelando gradualmente su identidad y Ponge solo la dibuja en poemas -si este sujeto hubiera hecho caligramas hubiera sido aún más bello-. Ponge explica algo que yo entendí desde pequeño: que en la identidad del mundo que se teje a partir de sus elementos podemos pensar nuestra vida de un modo distinto, los objetos nos invitan a la reflexión, nos aconsejan y pueden curar los males del espíritu del hombre.

Los objetos en la obra de Ponge se co-pertenecen en armonía; Brasil está contenido en los helechos y los helechos están contenidos en Brasil: “[b]ajo los helechos y sus retoños¿tendré la perspectiva del Brasil?”. Ningún elemento del mundo es ajeno a otro, el mundo se contiene en capas, sus objetos se relacionan en un telos armonioso. No obstante, todos tienen una corporalidad inherente, cierta identidad fija, un mundo al cual responder. De parte de las cosas es una invitación a dejar de usar los objetos del mundo bajo una actitud de dominio para comprender que ellos se  presentan para ser cuidados, escuchados, contemplados. Los objetos tienen una voz independiente, tienen una especie de vitalidad inherente, no una vitalidad supeditada a su pura funcionalidad técnica. De parte de las cosas es un manifiesto poético que funciona como rechazo a aquellos que privilegian la existencia humana, la razón y la doctrina sobre la existencia de objetos no-humanos (eso sonó a no-heterosexuales pero no supe cómo más decirlo) es como una ontología orientada a los objetos ¿verificada a través de un proceso fenomenológico? No sé, ya estoy muy colocado. Pero el asunto es ese: ver a los objetos no por su conveniencia sino por su belleza, apreciarlos por aquello que pueden decirnos acerca de nuestra humanidad, de cómo podemos dibujar sus virtudes en nosotros. Si uno puede hacer eso con una cosa, no le será difícil hacerlo con un animal ni con un ser humano.

Cuando yo descubrí la vitalidad propia de los objetos, esa vitalidad que desempeña por sí sola un papel en el mundo y que me puede enseñar tantas cosas, curé muchas de mis preocupaciones. Al volver a Bogotá y retomar las clases, tuve que interactuar con las personas de nuevo, con su crueldad, con mi crueldad; y cada que la melancolía se apoderaba de mí, buscaba la biblia forrada en cuero de mis abuelos, no la leía, sólo la observaba, veía sus dibujos, sus mapas del pueblo hebreo, tocaba sus hojas finas, observaba a las orquídeas, los lirios y las rosas que sembrábamos con mi abuelos en el jardín, veía a las naranjas que traían de la plaza de mercado…pasaba largos ratos mirándolas, oliéndolas. Encontré en los objetos una voz medicinal, un tipo de catarsis. Como nos enseña Ponge y como yo aprendí desde chico, en su aparente falta de conciencia, los objetos que nos rodean pueden decir mucho, solo hay que dejarlos hablar. Podemos sanar nuestras aflicciones si acudimos a su pureza, a su inocente e impremeditado arte.

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Raimonds Staprans, Cuatro naranjas enormes azotadas por el viento. Óleo sobre lienzo. 2000. The Glass Family Collection.

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