Sentir.

Introducción

En este texto expongo las razones por las cuales estoy deprimido —en el momento en el que lo he escrito—. Para hacerlo, he hecho un examen superficial de Fresas Salvajes de Bergman, donde me he comparado tácitamente con el personaje principal. De forma que al compararme con él, por extensión he adquirido sus mismas preocupaciones. De acuerdo a mi interpretación de la película, estas preocupaciones son simples preguntas sobre cómo debería vivir mi vida. Para ser concreto, sobre cómo debería sentir mi vida.

Esta es una entrada casual. Una entrada más sobre la existencia.

Sobre la cosa

Hace unos días en tremenda traba pensaba — en nada nuevo, por supuesto— que el ser humano es una construcción demasiado compleja. Pero su complejidad se reduce a un conjunto finito de procesos físico-químicos dados en el cerebro del humano. Quiero poner como ejemplo las emociones.

No es el corazón, ni el hígado, ni el estómago, ni la piel, ni nada semejante los capaces de sentir emociones; es el cerebro que por medio de procesos absurdamente complejos, que yo no entiendo, es capaz de generar lo que nosotros hemos denominado como emociones. Estas, a su vez, son demasiado complejas en ellas mismas.

El amor, por ejemplo, puede sentirse de tan distintas formas hacia tan diversos individuos y cosas que no hay un predicado ideal de amor que todos sientan de la misma forma, a pesar de ser así, le llamamos amor a esas formas particulares de amor. Claro, esto puede ser un problema lingüístico, en tanto que la lengua que hablo es insuficiente para asignar todos los referentes a las cosas que siento o pienso. Aunque detrás de esta idea, persiste la premisa de que las palabras refieren a cosas o a ideas; afirmación con la que no estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, no es el lugar ni el momento para entrar en estos visajes de cantina —lo siento todo el mundo, esta discusión se superó hace mucho tiempo. Lo divertido de todo esto es que sigue tan vigente en la academia, tanto en las cantinas—.

Tal vez solo hay un prototipo de emoción a la que en español llamo amor. De modo tal que hay una red intrincadísima de emociones que conservan características similares al prototipo de amor. Así, el amor que siento por mi padre, mi madre, mi hermano, mi gata, por el agua, por la vida, la naturaleza, el cine, la música, el jugo de guayaba, por caminar, por lo que sea que sienta amor, es más o menos periférico a un protitpo del concepto amor.

Tal vez sea así.  Esto no importa, creo.

Lo que me preocupaba en esa traba tan brava es que amor, odio, pesar, angustia, depresión, las emociones en general, son un proceso físico-químico que ocurre en el cerebro. Cuando vi Neurolingüística —a decir verdad de lingüística no tenía nada, fue un curso de neurociencia bien áspero que en su momento no disfruté nada, pero que luego me sirvió para coquetear jeje— tuve que memorizar todos estos visajes del cerebro: las partes de este, qué cosas se asocian a determinadas partes, la sinapsis, los neurotransmisores, qué hace cada neurotransmisor, y así. Visajes que eran muy interesantes y novedosos para mi.

Entonces, por ejemplo, la memoria —dicen los que saben— está alojada en el hipocampo. Esta mierda se localiza en el lóbulo temporal, y bla bla. Ahora, piensen que todas sus memorias son un el resultado de un proceso químico entre unas sustancias presentes en esa zona del encéfalo.

Píllense lo triste que es esto. El recuerdo más viejo que tengo consta de un momento de 3 segundos en el que yo (así en primera persona y tales) voy gateando hacia la casa de mis vecinos a pedirles comida —un pela’o re estúpido, ¿no? La gente podía secuestrarme con solo darme comida—. Ese recuerdo es precioso, es tan significativo como muchos otros que conservo con placer.

Otro recuerdo que conservo con gratitud fue la vez que acampé solo por primera vez, y todo lo que significó ese momento para mi vida. Y aun así, ese recuerdo y toda mi reflexión de ese instante son solo conexiones neuronales y procesos químicos entre sustancias encefálicas.

¿No les parece triste? Es decir, es triste que las cosas más significativas de mi vida sean un proceso y ya. Que la muerte sea una simple ausencia de esos procesos. Y que después de todo, la existencia sea solo eso.

Dicho esto, puedo llegar a la razón de mi angustia. Porque estoy angustiado y muy deprimido ahora mismo; y no entiendo bien esa razón. Esta es la motivación inicial por la cual empecé a escribir esta entrada: emprender una búsqueda estúpida de la razón por la cual estoy triste.

Seré lo más claro que pueda y haré explícito mi punto. Si la experimentación de la  existencia es un proceso físico-químico que se da en el cerebro —justo como he descrito más arriba—, ¿debería negarme a sentir, o debería sentir?

Ustedes se preguntarán QUÉ PUTAS TIENE QUE VER sentir con la forma en la que el ser humano experimenta la existencia gracias a los procesos cerebrales naturales de este. Es una pregunta muy relevante. Esta tiene origen, según lo veo, en cómo se debería entender sentir. ¿Si sentir de forma general una emoción —o pensar, o hacer— es un proceso químico debería preocuparme sentir activamente? Me explico mejor: debería preocuparme por sentir a pesar de saber que toda esa mierda son unos visajes re densos en el cerebro. Jueputa, qué angustiante resulta pensar esto.

**Si esto les parece patético, les doy la razón, yo soy un ser patético. Hay cosas mejores escritas y argumentadas para leer. **

Pues bien, creo que esa es la razón de mi angustia. Esta ha estado presente desde hace mucho tiempo atrás, pero solo se manifestó en su magnitud gracias a Fresas Salvajes de Bergman. Aquí les cuento el carretazo de la película:

***Carretazo vol. 1***

El argumento de la película gira en torno a un viejo que empieza a considerar su muerte. Sin embargo, lo hace debido a que una serie de sueños entre fantásticos, místicos y proféticos lo comienzan a atormentar. Pero hay un sueño en particular en el que se concentra Bergman: el recuerdo de su niñez, y su relación con su familia y padres.

Bueno, resulta que este viejo marica a lo largo de su vida fue arrogante, odioso, obstinado, terco, necio, y una larga lista de características que desembocaron en el éxito y en la soledad. Pero en un punto muy sutil, la película empieza a confundir las emociones y pensamientos del protagonista entre las reales y las oníricas. Estas terminan en una sola gran idea: angustia por no sentir —aclaro que esta es mi interpretación de la película, puede haber otras mucho mejores—. Al viejo le termina atormentando la idea de no sentir: ¡o sea de morir!

O sea, para este man sus recuerdos, sus emociones, sus pensamientos, sus éxitos, sus relaciones (que por cierto intenta mejorar cuando se da cuenta que es un viejo patético) son nada si no es capaz de sentir realmente esas experiencias y emociones. Para él, existir en ese punto de su vida —un viejo solitario— es poder sentir el amor de su prima, sentir el amor de sus padres, sentir el amor de su hijo, y así. El tipo solo quiere sentir. Para su pesar, Isak solo lo logra en ese punto de su vida por medio de los sueños.

***Final***

Sobre mi vida

En la secuencia final de la película —que les pongo tres fotogramas a continuación— lloré como nunca lo había hecho con otra película. Y no es un comentario cualquiera: de verdad lloré. Y me angustié por no sentir. Y luego, algunos días después, en la traba que les comento, resulté con la joya de que mi vida son unos procesos químicos de mi cerebro. Pues paila, me deprimí hasta la muerte.

 


La escena es tan hermosa, que este anciano mientras duerme en su cama tiene un sueño en el que recuerda a sus padres. Los ve desde lejos, y siente ese matiz fantástico del sueño, de sentir el amor de sus padres como real a pesar de ser un sueño.

Ahora bien, una vez dicho todo este carretazo quiero entrar en los detalles de lo que significa no sentir y de lo que he dicho hasta ahora.

Hay una idea crucial en la película de Bergman que ya mencioné: la muerte es equivalente a no sentir. Sin embargo, este sentir implica conciencia de la sensación o emoción. Esto entraña la idea general de que si yo siento odio hacia alguien, quiero experimentar en todos sus matices la sensación a la que llamo odio, quiero entender por qué odio, quiero saber qué odio, quiero saber qué es odiar; así con todas las emociones que pudiera llegar a sentir. Solo de ese modo puedo considerar mi propia vida, de otra forma simplemente existo porque así estoy predeterminado genéticamente.

Así, odiar no es una experiencia pasiva en la que simplemente siento odio hacia alguien. No. Eso es vivir sin sentir; esa es la preocupación de Isaak en Fresas Salvajes. Este anciano vivió su vida entera siendo una mierda porque se negó a experimentar sus emociones, y solo en su vejez aceptó que la soledad que experimenta es el producto de una red intrincada de otras emociones que vivió porque sí. En otras palabras, el anciano aceptó sentir su soledad.

Cuando fue consciente de su soledad, empezó a considerar su vida como un culmen de emociones que deben ser sentidas conscientemente. Por esa razón se remitió a su juventud, a sus padres, a su prima que se casó con su hermano, a su hijo: decidió sentir.

De forma que experimentar la existencia, en este orden de ideas, es atreverse a sentir. Ojalá me canse de sentir en mi vida, ojalá algún día goce tanto sentir que existir pierda sentido. Ojalá un día recuerde con tanto fervor a mi padre, que sienta sus consejos, sus palabras, su cariño extraño, que sienta su olor, que sienta su cabello, que sienta su muerte y la sienta tanto como su vida.

Ojalá yo mismo me atreva a sentir. A no ser un muerto que existe porque su cerebro, después de todo, le obliga a sentir.

Aquí está la razón de mi depresión: me he negado a sentir. Y la angustia que genera no querer sentir es fuerte.

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